HISTORIAS DEL TREN.

enero 5th, 2012

Yo viajo mucho en tren y, ahora que lo pienso, no he felicitado la navidad. No he tenido ganas. De hecho sigo sin tenerlas y ya casi no queda navidad. Al que le haga ilusión, que se dé por felicitado. Yo viajo mucho en tren, ya lo dije. Es una actividad que a veces me gusta y a veces no. Depende mucho del tipo de viajeros con los que comparto vagón. He visto de todo. He escuchado las mil y una conversaciones entre viajeros de todo tipo y condición. He visto situaciones de lo más variopintas, sorprendentes, ridículas, un poco de todo. He visto viajeros capaces de hablar durante cuatro horas seguidas sin descanso mientras su acompañante suplica un minuto de silencio, un minuto de intimidad para suicidarse. He visto otros que reparten su charla de asiento en asiento, buscando entre los demás alguien con quien compartir esas estupideces tan importantes que tiene que comunicar. Los he visto educados y corteses, mal educados y estúpidos. Los he visto agradables, y desagradables. De todo tipo los he visto. Esta vez he visto algo nuevo, algo que no había visto antes en un vagón de tren. Es cosa común, y muy razonable cuando el viaje se hace largo, que los viajeros estiren las piernas paseando vagón arriba y abajo, pero esta vez la cosa pinta de lo más surrealista. El viajero en cuestión es un hombre de entre sesenta y setenta años, más cerca de la T que de la S. Apenas mide un metro y cincuenta centímetros, es regordete, está calvo y tiene un fino bigotillo. Está de pie al fondo del vagón, preparado y esperando a que el pasillo quede despejado. Mantiene una postura extraña, como si esperara un pistoletazo de salida y eso hace que algunos viajeros nos fijemos en él. También hace señas para que le despejen el pasillo. Una vez que el pasillo queda limpio, de un extremo al otro del vagón, el hombre se arranca a correr. El abuelo Maratón está entre nosotros. Es una carrera de pasitos cortos y rápidos. Vagón adelante va su calva dando saltitos. Desde donde yo estoy sentado tengo dos terceras partes del vagón por delante y una por detrás. A mi altura, al otro lado del vagón, hay un matrimonio, ya mayor, dando cuenta de su almuerzo. Tienen su taper de pollo, su tortilla, su pan y son de Monforte. Detrás de ellos, repanchigado en su asiento, viaja un barbudo entrado en quilos que me mira y pregunta: -¿A este qué le pasa? Yo no tengo ni idea de qué le puede pasar a un anciano que se arranca a correr por el vagón de un tren en marcha. Otros viajeros advierten al abuelo Maratón de lo peligroso que puede resultarle un tropezón con cualquier bolso, pierna, o chaqueta de las que sobresalen por todo el pasillo. El abuelo Maratón sigue su carrera sin prestar oídos a las muchas, muchísimas, sugerencias y recomendaciones que van surgiendo por todo el vagón. Los almuerzos y charlas se interrumpen, todo el vagón está pendiente del abuelo Maratón. Yo lo estoy viendo venir y pensando que, en un bandazo de los muchos que da este tren, Maratón se la pega. Ahora viene hacia nosotros, mantiene un equilibrio precario porque el tren se mueve bastante. Trae la misma cara que pondría si estuviera corriendo por encima del vagón en lugar de por dentro. Menudo bandazo, ahora sí. Maratón se desvía de su trayectoria, colisiona con la parte alta de un asiento, rebota como un muñeco de trapo, pierde adherencia en las ruedas, tropieza con no sabemos qué y estrella su bigotito contra el cabezal de un asiento, justo el que está por delante del matrimonio de Monforte. La dentadura de arriba ha ido a parar al taper de pollo. Maratón está incrustado debajo del asiento que tengo detrás. Ha sido un alunizaje vertiginoso, como el rayo ha ido Maratón a meterse debajo del asiento. El barbudo gordito lo mira y le dice:-¡Ya habías tardao! Entre los más cercanos hacemos por incorporarlo, lo sacamos como podemos. Lo sentamos. Maratón nos mira y parece sonreír, pero no está sonriendo, es que la dentadura de abajo está fuera de su sitio y, aunque tiene la boca cerrada, los dientes se le quedan fuera. Intenta colocárselos pero, conmocionado como está, se le van al suelo. Parecen de goma porque dan un par de botes y quedan justo en medio del pasillo, justo donde el barbudo regordete acaba de pisar con una de sus enormes botas, justo debajo. No eran de goma, los ha hecho tres cachos. El abuelo Maratón presenta además en la calva un arañazo inciso contuso con dos trayectorias bien diferenciadas. Estamos buscando uno de sus zapatos por debajo de los asientos, en un radio de cinco metros, y sigue sin aparecer. La mujer de Monforte le pregunta lo que todos querríamos saber: -¿Pero bueno, a quién se le ocurre ponerse a correr por aquí? ¿No puede darse un paseo como todo el mundo? Ya le contesta su propio marido: -Este está majareta, te lo digo yo. Maratón recoge los restos del alunizaje y vuelve a su asiento rascándose la calva. Por el camino le devuelven el zapato perdido. El barbudo vuelve a repanchigarse, los de Monforte suspenden el almuerzo. Yo sigo sin creerme del todo lo que acabo de ver.
Todo esto lo he visto yo, tal y como lo cuento. Yo venía ensimismado en mis cosas, pensando que esta navidad me parecía menos navidad que otras. Que los españolitos de España los veía yo… como resignados, un poco flojos, apáticos, tibios, no sé. Como si este año los Reyes Magos llegaran para llevarse cosas y no para dejar regalos. Entonces apareció Maratón y nos alegró el viaje.
Para el año que entra, el 2012, haya salud y suerte.

DOS + DOS = CINCO

noviembre 17th, 2011

Voy a ser sincero. A mí la crisis me importa un bledo. Yo siempre he vivido en ella. Ya me importaba un bledo antes, cuando otros contaban las vacas gordas. Cuando vivían y gastaban lo que no tenían, cuando derrochaban los recursos y dineros propios y ajenos. A mí me importan los pobres, la gente que se queda sin trabajo y desciende ladera abajo, los desheredados y esos jóvenes a los que una panda de progenitores egoístas han dejado con el culo al aire, pero ya me importaban antes, cuando eran menos y nadie quería verlos. A mí me importa un bledo esta crisis de ciegos, de los que no quisieron ver ni pensar por cuenta propia y dejaron que otros, usureros, interesados y regentes, regalaran sus oídos con ganancias y prebendas de un mundo de avarientas quimeras. La crisis de los que quisieron escuchar los cantos de sirena de algún palurdo banquero que vendía los duros a cuatro pesetas. Aquellos que sumaron dos y dos y engordaron el cuatro para que sonara como un cinco. Los que mordieron más de lo que podían tragar. Los que olvidaron las sensatas palabras del abuelo y creyeron a pies juntillas lo que decía una televisión infestada de serviles tiralevitas.
Me importa un bledo esta crisis de llorones impenitentes buscando indignados el culpable de su propia codicia. Ahora llegan lamentos, rechinar de dientes y teatrales gestos. ¡Santo Dios! ¡La crisis!, esta crisis que nos azota, dicho así, como si hubiera aparecido de pronto. Pues no, no ha aparecido de pronto, estaba aquí y muchos vivían en ella, pero no parecía importar a nadie. Ahora, de pronto, todo el mundo quiere una explicación y un culpable de que dos y dos no sean cinco. Dos más dos siempre fueron cuatro, queridos burros.
Haya salud y suerte.

SE ME FUE DE LAS MANOS

noviembre 9th, 2011

A mí me parió mi madre en casa, por no haber otro mejor lugar ni más propicio para traer un hijo al mundo y porque no era entonces costumbre ni obligación marchar a parir lejos, entre sabihondos extraños. Mi madre me tuvo y mi abuela me sostuvo, inútil como llegué, que nací sin yo quererlo ni tener voluntad de ello, entre gentes de confianza que de buen grado vinieron a darme recibimiento y a dar descanso a mi madre, que el trabajo y los dolores los traje yo por maleta. Nací en un tiempo pasado que poco o nada tenía en común con el presente. Casi cincuenta años hace ya de tan señalado día, señalado por ser yo quien esto escribe, que no sé si otro nadie por señalado lo tiene, y desde entonces mucho han cambiado las cosas sin que tenga yo nada que ver en ello, ni se me pueda achacar culpa alguna, que bien sabe Dios que lo que es por colaborar en semejante cambio, poco o nada he puesto yo de propia voluntad, que a mí gustábame más el mundo como era que como ahora lo sufro.
Yo, como más atrás se dijo, nací en casa y en ella me crié, que allí hacía vida mi madre y a su vera eché los dientes con los que aún hoy me alimento. A gatas la anduve entera desde una parte a la otra y en ella aprendí a hablar, a comer por cuenta propia, a vestirme sin criada y a ser párvulo cabal que, obedeciendo a su madre y siguiendo sus consejos, pudiera algún día tenerse por educada y buena persona. Otros, por tener peor suerte o madres menos capaces, por bestias pueden tenerse, que en todo se asemejan a las que en la jungla nacieron.
Dicho esto, y puesto en el mundo a la fuerza, hice cuanto pude por ser agradable a los ojos de los que conmigo lo compartían, y en ello perdí mucha parte del tiempo que para vivir tengo asignado. Que son tantos y tan variados los que en esta vida he tropezado, que no hay forma ni manera de satisfacer a unos sin defraudar a los otros. Así, para cuando abandone este proceder, ya tenía consumida buena parte del tiempo que me correspondía sin haber hecho trabajo alguno en lo que a mí me agradaba. Es el caso que, a día de hoy, pienso y creo que venimos al mundo para hacer aquello que sentimos y tenemos dentro, y no lo que por doctrina, costumbre y catequesis nos contagian desde fuera. Yo no sé si existe ese Dios que tanto mientan, yo creo en otro más cercano y natural. Sea cual sea el Dios al que he de rendir cuentas, uno u otro, no me ha de preguntar: ¿Cuántos bienes acumulaste? ¿Cuán rico llegaste a ser? Esa es pregunta de Satanás, si es que existiera.
Yo quiero tener respuesta para otras preguntas, las que creo que se me harán, si es que hay que rendir cuentas, cuando mi vida termine: ¿Qué hiciste con lo que sentías, con el talento que te di? ¿Qué hiciste con tu albedrío? ¿Para qué sirvieron tus manos? Quiero tener respuesta.
¿A qué viene esto? Se pregunta alguno de los que aquí tienen los ojos puestos. -No tengo ni idea. Contesto yo.
Empecé a escribir con la intención de explicar el por qué de escribir, el por qué del dibujo, el por qué de la música. Con la intención de agradecer los comentarios que algunos volcáis en mi libreta eléctrica. Con intención de explicar que, vuestros comentarios, son el único pago que recibo por esta, buena o mala, labor. Quería daros las gracias, pero se me fue de las manos.
Haya salud y suerte.

ARDOR.

noviembre 8th, 2011

Ardor es calor grande. También encendimiento, enardecimiento de los afectos y pasiones. Después hay otro ardor, el ardor de estómago. Yo me considero aprendiz de casi todo, maestro, de nada. Sin embargo en el tema del ardor de estómago sí puedo decir que soy, muy a mi pesar, un experto. De la penosa y larga experiencia que como ardoroso tengo, surge el atrevimiento para componer estos apuntes que den público conocimiento a tan ardiente sapiencia. Expondré a continuación una serie de conocimientos para que otros, gratuitamente, puedan sacar provecho de ellos. A través de esta reflexión llegaremos a las tres reglas de oro del ardoroso y a conocer con más profundidad su mundo y vivencias.
Será lo primero dejar bien claros y establecidos los distintos niveles por los que ha de pasar el ardoroso en su camino hacia el quirófano. El ardor de estómago se cataloga, en orden a su intensidad y molestia, en cinco categorías.
1ª categoría: Sensación de ardor.
2ª categoría: Ardor ocasional.
3ª categoría: Ardor como rutina.
4ª categoría: El súper ardor.
5ª categoría: La barra de hierro incandescente.
1ª-La sensación de ardor: Las experiencias que habían de venir en este campo, y que yo entonces no sospechaba, hacen que hoy recuerde la sensación de ardor como algo casi agradable. Todo empieza con una suave e incómoda indisposición, un calorcito sospechoso que anida en nuestro interior, acurrucado, arropado por otra sensación, la de hartazgo. La sensación de ardor suele presentarse tras ingestas abusivas, aunque también puede presentarse por otras causas tales como el desorden etílico-festivo en las horas precedentes. La sensación de ardor es una advertencia, como he sabido después, pero yo nunca la tomé en cuenta. Deshacerse de esta sensación es relativamente fácil si tenemos a mano algo de bicarbonato, sal de frutas o alguna pastillita concebida a tal efecto. Esta facilidad resultó letal en mi caso.
2ª-El ardor ocasional: Cuando el paciente empieza a familiarizarse con la sensación de ardor, a convivir con ella, es cuando, ella, empieza a alternarse con el ardor ocasional. Un poco más de bicarbonato, o sal de frutas, o dos pastillas en lugar de una, también ocasionalmente, claro, y listo. El ardor ocasional es, como su nombre indica, aquel ardor que se presenta en ocasiones. Cuando, el presentarse en ocasiones, se transforma en que cualquier ocasión es buena para presentarse, llegamos al ardor como rutina. En este punto, las personas medianamente inteligentes introducen un cambio en su rutina alimenticia para evitar que la dolencia progrese. Yo no estoy entre ellas, por eso seguí avanzando en el escalafón.
3ª-El ardor como rutina: Hay ciertos síntomas o señales que identifican, sin género de duda, a los individuos que padecen esta dolencia. Es corriente entre estos individuos mostrar un exceso de voracidad a la mesa, poca o nula masticación y la falta de control sobre los mecanismos que advierten del llenado del estómago. En la guantera de su coche, en cualquiera de las chaquetas que cuelgan en su armario, en los pantalones que esperan lavadora, en un cajón de su oficina, en cualquier lugar que se encuentre en su radio de acción se hallarán remedios y pastillas contra el ardor. Un miope puede olvidar sus gafas, un fumador puede olvidar el tabaco, se puede olvidar el cumpleaños de tu pareja, un rato, no todo el día, no se debe. Un ardoroso nunca, jamás, bajo ningún concepto puede olvidar sus pastillas. Por eso siembra su entorno y enseres con tan valioso remedio, y este es la primera de las reglas de oro, el primer mandamiento de la ley del ardor: “sembrarás tu entorno y enseres con aquellos remedios y pócimas que te alivien de las penalidades que han de venir”.
Llegados a este punto, y con el ardor como rutina instalado en nuestras vidas, voy a relatar aquí como, por mi constancia, esfuerzo y tesón, conseguí dar un paso más y ascender al siguiente nivel.
4ª-El súper ardor: Así es como pasa. Ya el día anterior se ha padecido un ardor entre el noventa y el cien por cien de rendimiento. En las dos horas siguientes a la cena te administras, por vía oral, dos o más pastillitas para chupar. Al acostarte, otras dos. A las tres de la mañana te tomas otra para apagar las últimas brasas. Amanece un nuevo día sin rastro de calor en mi estómago. Procedo a desayunar como si tal cosa. Esto me proporciona un mediocre ardor matinal, un ardor que, a estos niveles en que nos movemos, carece de importancia. Cualquiera que tenga un mediano conocimiento sobre este asunto sabe que con la comida desaparece al ardor matinal. Unas veces desaparece con la nueva digestión, otras porque ha de dejar sitio a un ardor en condiciones, de verdad. Esto que cuento ocurrió en día festivo. No sé de qué fiesta o celebración estamos hablando, no lo recuerdo, pero estos días señalados hacen que las comidas también lo sean. Así es que me siento y zampo como un romano, pero sin vomitar. Por aquel entonces yo comía rápido, comía mucho. Era un placer para mi abuela y tías el verme comer. Siempre había una amorosa cacetada de más en mi sopa, una tajada sobrante que venía a dar a mi plato, un huérfano langostino que encontraba cobijo en mi regazo, una porción suplementaria de tarta, un nuevo pastel que probar. Es imposible que, tras esta comida, continúe activo el ardor matinal. Cuando finaliza la comida y me levanto de la mesa soy lo más parecido a un pez globo. Mi capacidad pulmonar se ha reducido a precario porque el ochenta por ciento de mi cuerpo es estómago. Camino lentamente en busca de un sofá, catre, o lecho donde llevar a cabo la operación serpiente pitón. Permanecer tres días haciendo la digestión. Cualquier brusquedad o sobresalto ahora mismo y entro en un coma digestivo que me lleva para el otro barrio. No me preocupa el ardor porque en estos momentos lo más posible es que me de un infarto. Pasada la primera hora, crítica, empiezo a respirar con normalidad. Aún no puedo cambiar de postura y siento una puntadita de dolor en la parte izquierda y alta del abdomen. Pasado un tiempo, no mucho, la puntadita se convierte en chispa. Una chispa, en un estómago lleno de comida y gases, provoca un incendio. El ardor ha comenzado. Como consecuencia primera siento sed. Tengo una sed horrible. Necesito agua, mucha agua. Agua que calme mi sed y apague este fuego que tengo en las entrañas. Al contrario de lo que uno siente, cree y espera, beber agua para calmar el ardor es como echar gasolina en una hoguera. Y esta es la segunda regla de oro, el segundo mandamiento de la ley del ardor: “el agua es al ardor, lo que la gasolina al fuego”.
Yo, que por aquel entonces ya conocía este segundo mandamiento, me bebo medio litro de agua, me trago dos pastillas y me vuelvo al sofá mientras chupo con deleite una tercera. En la tele están poniendo una de piratas. Saltan y brincan de un barco a otro con una agilidad pasmosa. Seguramente no tienen ardor. Yo sí. Voy a chuparme otra pastilla. Esto ya es un ardor de auténtico profesional.
Desde que acabé de comer han pasado cuatro horas y seis pastillas, sigo teniendo ardor pero ya no soy un pez globo. Tengo aquí a mi familia en amena conversación. Me meto en la conversación. Hablamos, cambiamos pareceres, picamos alguna fruslería, damos opiniones, damos voces, volvemos a dialogar. Todo muy fluido y ameno. A hora me toca hablar a mí, no pienso permitir que nadie me quite el turno, tengo un argumento irrefutable que exponer (yo no me acuerdo de qué hablamos). Cuando más apasionado estoy con mi argumento me tengo que callar. No puedo articular palabra. Me ha subido por el esófago hasta las cuerdas vocales y lo ha quemado todo. Era algo químico, un líquido abrasador. No puedo creer que mi cuerpo regurgite semejante ácido. Me abraso por dentro. Necesito agua. Ya sé. El agua es peligrosa, pero si no bebo agua es posible que mis cuerdas vocales no vuelvan a servir para nada. Olvidando todos mis conocimientos bebo otro medio litro de agua. ¡Qué fresquita! ¡Qué limpia! ¡Qué rica! ¿Cómo puede ser mala? Hombre.
Mi familia cena, yo no. Por algún proceso químico que desconozco, el agua que bebí se ha transformado en sangre de allien. Tengo la colada de unos altos hornos recorriéndome por dentro. Satanás se va a mudar a mis entrañas porque en ellas tengo el infierno. En cualquier momento se producirá la combustión espontánea de mi cuerpo y solo quedarán en el sofá un montón de cenizas negras y humeantes. Es el súper ardor.
5ª-La barra de hierro incandescente: Pasar del súper ardor a la barra de hierro incandescente requiere constancia, dedicación y unas altas dosis de bestialidad. Solo unos pocos portentos nos hemos atrevido a dar este paso sin vacilar. La barra de hierro incandescente entra por tu pecho a la altura de la boca del estómago, atraviesa tus entrañas y sale al exterior por tu espalda, entre los omoplatos. Está incandescente, al rojo vivo y así la sientes. Tiene la particularidad de interactuar con el súper ardor, es decir, que este no desaparece. El súper ardor trabaja a estómago lleno, la barra incandescente te atraviesa una vez se ha vaciado. Los primeros pasos con la barra de hierro incandescente son una prueba de fuego, nunca mejor dicho, para la salud mental. Cuando se vacía el estómago el súper ardor se calma. Un par de horas más tarde la barra incandescente aparece. A medida que pasa el tiempo sientes que te abrasa por dentro, te oprime, y notas la sensación de estar colgado de ella, que no llegas con los pies al suelo. Has de rechazar de inmediato la idea de ponerte cabeza abajo para aliviar esta sensación. Ponerse cabeza abajo es garantía de calcinar tu esófago, las cuerdas vocales y la campanilla con el caldo sulfúrico que regurgitas en cuanto la cabeza se coloca por debajo del estómago. Y esta es la tercera regla de oro, el tercer mandamiento de la ley del ardor: “Un ardoroso siempre ha de llevar la cabeza bien alta”.
La barra incandescente, en sus primeros pasos, también tiene la particularidad de aliviarse, y casi desaparecer, alimentándose. Qué cosa curiosa. Aportamos pues comida al estómago, desaparece la barra incandescente, la mosca detrás de la oreja, vuelve el súper ardor. Esto significa que cuando la barra incandescente regrese lo hará con más ímpetu si cabe. Subido en este carrusel, la locura es un destino más que posible.
La barra incandescente no respeta horarios ni costumbres, así que el estómago se vacía llega ella para llenarlo. No importa si es de día o es de noche. Fueron muchas las noches en que me vi cruelmente arrancado de los brazos de Morfeo, caminando pasillo arriba, pasillo abajo, soportando mi dolor. Paseo a oscuras, no enciendo la luz, no hace falta, con la hoguera que tengo en el estómago ilumino todo el edificio. Cuando la barra aparece la vida no es posible, la alegría se marchita, el tiempo se distorsiona, se parte en dos, tiempo con barra incandescente y tiempo esperando a que llegue. Yo aquí, llegados a este nivel, decidí abandonar. No sé si alguien ha conocido o llegado a un nivel superior. No sé si existe un nivel intermedio entre la barra de hierro incandescente y estar con tus tripas fuera sobre la mesa de un forense. Yo opté por el ayuno continuado y la dieta frutal y vegetariana que Doc me endosó. De esto hace ahora quince años. La barra incandescente ha vuelto a visitarme alguna que otra vez, porque soy algo bruto y desmemoriado.
Soy consciente de que ella sigue ahí, acurrucada en la oscuridad de la despensa, paciente y a la espera, calentita y abrasadora, lista para atravesarme en cuanto baje la guardia o cometa una torpeza.
Comer despacio, masticar bien, y haya salud y suerte.

EL BALIDO DE LOS CORDEROS.

octubre 20th, 2011

Ya nos toca, correr orgullosos y dispuestos a depositar nuestro voto sagrado en las transparentes urnas, a ejercer nuestro derecho a decidir cómo y quién ha de conducirnos y velar por nuestro progreso y bienestar con abnegación, sacrificio y vocación de servicio (se me escapa la risa, perdóneseme). Ya nos toca, aportar nuestro granito de arena a esta carnavalada. Es tiempo de campaña y se repite la historia. Andan los trepas, vividores y arribistas buscando afanosos el voto. Siendo, como yo soy, de muy escasa memoria, sí que puedo recordar haberlos visto serviciales y zalameros suplicar de puerta en puerta el voto que los engorda y, más tarde, una vez lo han conseguido, tornarse todos ellos en altivos y distantes. Ya nos toca, arrastrar nuestras botas hasta la urna y soltar allí el lastimero balido de obediente cordero. El balido que ellos necesitan. Una vez conseguido, ya ellos disponen, mandan y gobiernan como place a sus pasteles y, haciendo de lo común motivo, avasallan lo privado sin dar cuentas ni explicación, engordando sus haciendas y regalando favores a quien les llena el pesebre. Así campan por el mundo tratándonos como a corderos, con actitud y modales de ordinario dictador, los que rinden culto y reverencia a la sin par democracia, pues parece ser que el poder y la poltrona los vuelve a todos iguales, aún llegando por caminos bien distintos.
Tenemos en España, a pesar de la sequía, el carro hundido en el barro hasta los ejes. Ahora escogeremos los bueyes que han de sacarlo. Sería un milagro que éstos, los bueyes, no tengan como prioridad la que tiene el animal, que es su propia crianza y engorde. Que fueran, desde lo alto, ejemplo para los que desde abajo miramos. Que practicaran la entrega y el sacrificio que a nosotros nos exigen. Que cumplieran una sola de las muchas patrañas que prometen. Que administraran las cuentas públicas con la misma pulcritud y devoción que las propias. Sería un milagro que estuviesen a la altura del pueblo que los soporta y hospeda.
Haya salud y suerte.

VACACIONES VIII

octubre 13th, 2011

11 DE AGOSTO DE 2011.
De camino al hotel, Elvira recibe otra llamada de la agencia. Nos han conseguido tres noches en Burdeos, en un buen hotel, para que no nos tengamos que volver a España con este mal sabor de boca, lo que a estas alturas de agosto es casi un milagro. Nos las regalan. Es un detalle que tienen con Elvira, porque estoy seguro de que a mí no me hubieran compensado con nada, me habrían devuelto el dinero del crucero y santas pascuas. Y eso que yo era el capitán del Flor de Planyol. Llegamos al hotel, donde tenemos las maletas, discutiendo las posibilidades de la oferta. Tenemos que cambiarnos al nuevo, donde pasaremos esta noche. Tiene piscina, así es que el plan es cambiar las maletas, darse un buen baño nada más llegar, una ducha y bien relajaditos a cenar algo en Cahors. Mañana rumbo a Burdeos. Este era el plan que teníamos nosotros. Este que voy a contar es el plan que, para nosotros, tenía el bucle.
Llegamos al hotel para recoger las maletas y llevárnoslas al nuevo. Bajamos del coche. Elvira y yo nos acercamos a nuestro coche, que habíamos dejado aparcado aquí, en el hotel, para dejar algunas cosas. Son casi las ocho, la tarde es hermosa y aún hace calor. Por fin tenemos un plan para los próximos cuatro días, todo un lujo después de tanto sobresalto y tanta llamada. Esta sensación hace que nos sintamos algo más relajados. Con la guardia baja. Blanca, que está hurgando en el maletero, dice que algunas de nuestras cosas siguen en su coche. Yo digo que ya las cambiaremos en el otro hotel. Txugui dice que se va a pegar un baño de tres pares cuando lleguemos. Elvira, mi reina, que está cansada, que ya está harta de llamadas, harta de posibilidades, harta de vacaciones, de maletas, de coches, harta del capitán y solo quiere relajarse un poquito, se acerca hasta el coche, a recoger lo que sea que se ha quedado en él. El portón trasero no está abierto del todo, está un poco bajo. Elvira lo abre del todo de un cabezazo como yo no he visto otro en toda mi vida. ¡MADRE DE DIOS! ¡QUÉ COSCORRÓN! Yo corro a consolarla, Txugui corre a consolarla, Blanca ya está consolándola. Intentamos gastarle alguna broma para quitar importancia a la embestida pero Elvira no la entiende, no la escucha, no le hace gracia, acaba de perder el conocimiento. La echamos en el suelo, no respira, yo tampoco respiro, tengo un susto en el cuerpo que no me deja respirar. Es el ojo del bucle, estamos atravesando el mismísimo vórtice del bucle. Se puede sentir. Es angustia, miedo, susto, impotencia. Maldita sea su estirpe. Ahora mismo podría destrozar a puñetazos toda Francia, Bélgica, los Países Bajos y la parte más septentrional de Alemania. ¡Una ambulancia!
Durante un par de minutos Elvira no está con nosotros, yo creo que está en el ojo del bucle, intentando desconectarlo de una vez. Cuando vuelve no sabe lo que ha pasado, pero le duele mucho la cabeza. Por una vez los franchutes actúan con diligencia. En diez minutos llega una ambulancia llenita de ellos. Así que aquí estamos ahora mi reina y yo. A bordo de una ambulancia francesa, camino de un hospital francés. Nada de piscina y baño relajante, nada de ducha reconstituyente, nada de cena turística en Cahors. A cambio, el bucle nos ha regalado un paseo turístico sanitario por las calles de Cahors al son de una sirena. Cuando llegamos al hospital las constantes vitales de mi reina son perfectas. El examen médico y las pruebas realizadas en la ambulancia dicen que está perfectamente. De momento no es necesario realizar otras pruebas, pero tendrá que quedarse en observación, al menos durante dos horas. Nos quedamos en uno de los receptáculos de observación, a esperar. Salgo un momento para informar a Blanca y Txugui de que todo va bien, dentro de lo que acostumbramos, y que en cuanto podamos nos largamos de aquí. Ellos se quedan fuera, esperando y bebiendo agua.
Mi reina, cuando está grogi, es muy obediente y tranquila, pero cuando se le pasa empieza a dar guerra. Es como los tiburones, que si dejan de nadar se van al fondo.
-Yo ya estoy bien. – Vete y pregunta a ver si me puedo marchar ya.
Yo voy y pregunto. Que no, que tienes que esperarte.
-Pues yo no voy a estar aquí tumbada dos horas cuando ya veo yo que estoy perfectamente. Además quiero hacer pis. Pregunta a ver si puedo levantarme al baño.
Yo voy y pregunto. Que ahora viene la enfermera. La enfermera dice que nada de levantarse. Que haga pipi en la chata.
-Yo creo que me voy a levantar porque estoy perfectamente. Y si sigo aquí nos quedamos sin cenar.
Como Elvira ya no para quieta, le comunico a la enfermera que nos vamos. Dice que Elvira tendrá que firmar que se va por su cuenta y riesgo y nos da unas instrucciones. Como el golpe ha sido en la cabeza tengo que estar atento y vigilante, por si se produce algún cambio notable en su conducta o se marease en las próximas horas o días. He de estar atento por si actuara o hablase de manera incongruente. Yo le digo que esto ya lo hacía antes del cabezazo, pero no se me hace caso. A las nueve horas abandonamos el hospital por nuestro propio pie y nos reunimos con Blanca y Txugui. Nos vamos al hotel, cambiamos las maletas, nos damos una ducha y nos vamos a ver si alguien en algún sitio nos quiere dar de cenar. Que aquí, en Francia, cenar a las diez de la noche es casi un desayuno. Cenamos en Cahors, en un restaurante, el que sea. El cabezazo se lo dio Elvira pero estamos todos tan aturdidos como ella. Es como si los cabezazos franceses fueran contagiosos.
Pasamos la noche en Cahors y a la mañana siguiente, 12 de agosto de 2011, salimos temprano hacia Burdeos. Estuvimos tres días en Burdeos, deambulando por sus calles como turistas, pero no lo éramos. Éramos cuatro aturdidos supervivientes de un bucle. Aún en Burdeos sufrimos sus últimos coletazos. Yo perdí mi gorra favorita, traída directamente de Chicago para ir a dar con sus huesos en algún tugurio de Burdeos. Txugui perdió su jersey de marino misteriosamente. No sé cuando dejo el bucle de manejar nuestra realidad. No he querido escribir esto hasta que no me he sentido a salvo de él. Ni siquiera ahora estoy seguro de estarlo. Haya para todos salud y suerte.

VACACIONES VII

octubre 13th, 2011

Aquí, en el taxi, yo ya no soy capitán ni nada. He perdido mi rango, mi barco y la autoridad que se me suponía. En media hora, el taxi, nos deja en la oficina de la base. En la puerta de la oficina porque, como nos habían anticipado, está cerrada. Descargamos nuestros bártulos y los llevamos a nuestros respectivos vehículos. Mientras llega la tarde francesa nosotros nos tomamos un tente en pie para ganar energías, que seguramente nos harán falta. A las catorce horas abandonamos el aparcamiento-comedor y volvemos a la oficina. Ya está abierta. La muchacha que habla español no está, a estas horas estará dando cristiana sepultura a la parte de su amigo que no se comió el tiburón. Las negociaciones se llevarán a cabo contra un empleado que habla inglés, por lo que nuestra voz es ahora Blanca. Dicho y hecho, la negociación ha empezado. Hablan y hablan sin parar. Elvira, Txugui y yo seguimos atentamente esta conversación de la que no entendemos nada, aunque se ve claramente que Blanca ataca y el franchute defiende. La cosa se alarga. Mi contramaestre, que aquí en tierra ya no lo es, dice que lo acompañe hasta el aparcamiento, que tiene que hacer no sé qué cosa. Lo acompaño. Lo que tiene que hacer en el coche es un gin tonic. Los coches están al sol, yo no sé cómo puede beberse eso, porque la tónica hierve en el bote, pero mi contramaestre es un tipo bien duro y curtido que no se amilana por naderías como esta. Volvemos a la oficina. La cosa no parece ir muy bien porque Blanca está hablando un inglés furibundo. Yo no entiendo nada de lo que dice pero, viendo sus gestos y ademanes, podría traducirlo fácilmente. No sé si esto en inglés es normal pero la lengua de Blanca empieza a correr peligro, este idioma hablado con tanta intensidad y frenesí somete a la lengua a posturas, torsiones, chasquidos y estiramientos indescriptibles. ¡Qué barbaridad! La energía que está consumiendo esa lengua. Los ademanes son cada vez más ostentosos y el volumen más alto, juraría que acabo de ver a Blanca lanzar una patada estilo Bruce Lee. Supongo que la sopa de tónica que me dio Txugui me hace ver alucinaciones. Menos mal que yo no le puse ginebra.
Mientras pasa todo esto, media docena de clientes espera su turno a distancia prudencial. Es posible que tampoco ellos entiendan el inglés pero, aunque Blanca hablara en camboyano, percibirían que es peligroso acercarse. La discusión, porque esto ya no es negociación, sigue aumentando de nivel y, si esto sigue así, pronto alcanzaremos el nivel combate, y no me extrañaría que alguien acabara este maravilloso crucero fluvial pernoctando en los calabozos de la gendarmería francesa. Que también sería una opción porque, que yo sepa, no tenemos hotel para esta noche. Hablan los dos a la vez y cada vez más deprisa, y el inglés si lo hablas muy deprisa escupes. El franchute de la oficina habla bien el inglés pero creo que no lo ha practicado tanto como Blanca y eso empieza a notarse. Debe de empezar a sentir agujetas en la lengua porque por cada veinte palabras de Blanca, él, a duras penas enchufa una. Ahora el franchute asiente y parpadea sin cesar, y yo no sé si es porque lo entiende todo o porque Blanca, hablando tan deprisa, le está llenando los ojos de perdigonadas.
A las catorce horas y cuarenta y cinco minutos el franchute empieza a hacer llamadas telefónicas. El nivel desciende de nuevo a negociación. Blanca se sienta, por fin, frente al franchute observándolo. Lo observa como un pit bull a una gallina. -¡Al primer movimiento en falso, te como!
Mientras, a dos metros de allí, Elvira sigue atendiendo llamadas sin descanso.
Llamada de la agencia – Que siguen buscando alternativas.
Llamada del mayorista – Que siguen en tratos con la naviera.
Llamada de la agencia – Que ha vuelto a marcar el número sin querer, perdón.
Llamada de una mujer con acento latinoamericano – Que tiene un estupendo regalo para Elvira
Elvira – Que no es momento este de estupideces.
Mujer desconocida – Que es un regalo estupendo que no puede despreciar.
Elvira – Que no quiero nada. Haga el favor de dejar la línea libre.
Mujer desconocida – Pero si aún no le he dicho de qué se trata.
Elvira –Déjeme en paz señorita.
Mujer desconocida – Pues usted se lo pierde, porque es un…
El Capitán – Mire usted, señora colombiana de los cojones. Le habla el capitán Nemo. Me acaban de hundir el Nautilus entre Popeye, una morsa amaestrada y cuatro franchutes. Tengo a mi tripulación con una mano delante y la otra detrás en país extraño. No quiero regalos, obsequios ni presentes. Lo único que quiero es una bomba atómica, si no la tiene, métase sus regalitos…
La mujer desconocida ya colgó.
A las quince horas y siete minutos la refriega llega a su fin. Tenemos dos noches de hotel en Cahors, a media hora de aquí, y un día de crucero fluvial gratuito como consolación a nuestra mala fortuna y su mucha negligencia.
El resto de la tarde lo pasamos visitando pueblos pintorescos de la comarca. Elvira sigue de telefonista. En las siguientes dos horas recibe alrededor de veinte llamadas, las atiende todas con exquisita educación y luego las comentamos. Somos cuatro, pero hay cinco opiniones distintas sobre lo que deberíamos, o no deberíamos, hacer. Esto no me gusta, yo opino que tendríamos que subir al coche y largarnos de aquí inmediatamente, hoy, ahora. Poner tierra de por medio y alejarnos cuanto antes del bucle. No se me escucha, porque ya no soy capitán.
A las seis de la tarde estamos agotados. Nos vamos a Cahors. Una ducha, una cena en tierra firme y a soñar con los angelitos. Por un momento parecía que el bucle perdía intensidad, pero solo lo parecía.
11 de agosto de 2011-
Amanece un precioso día francés. Desayunamos en Cahors y nos dirigimos a la base. A por el barquito de cuatro plazas, con un camarote en proa, que nos proporciona la naviera para nuestro tour de consolación. Pasamos el día en el barco, río arriba, pasando esclusas y contemplando el bonito paisaje. Es divertido, lo pasamos bien, pero el ambiente marinero se ha esfumado. El espacio es reducido, mi contramaestre no tiene sus cañas, aunque sí se ha traído su generosa provisión de cerveza, Elvira parece relajada y ahora es Blanca la que, a base de teléfono, intenta resolver un problema con su banco en España. Yo ya no soy capitán de nadie. En el barco reina la anarquía y una extraña sensación de incertidumbre. No sé los demás, pero yo sigo oliendo a bucle por todas partes. A las seis horas regresamos a la base y entregamos el barco. El franchute que habla inglés se acerca a Blanca y le comenta algo. Blanca pasa de cero a cien en un pestañeo. Ya estamos otra vez como ayer. El jefe, el que estaba de vacaciones, ha decidido que las dos noches que nos habían ofrecido se van a quedar en una sola. Es decir, que esta noche, si queremos dormir a cubierto será en el coche. O nos volvemos a España del tirón. Blanca les está llamando cosas feas pero como es en inglés no se nota. Txugui dice, en español, que si le conseguimos una pistola a Blanca esto se resuelve en dos minutos. Elvira coge el teléfono y se pone en funcionamiento Llamada a la agencia y otra vez al carrusel telefónico. A las siete horas la agencia de Elvira nos consigue habitación, en pleno agosto, a cien metros del hotel donde dormimos la noche anterior. Allá nos vamos, a cambiar las maletas cien metros más al norte.

VACACIONES VI

octubre 4th, 2011

Diario de a bordo del Flor de Planyol. 10 de agosto del 2011.
A las diez y nueve horas Popeye llama a la base para comunicar la fatal incidencia. La base ordena a Popeye que se largue de allí y nos deje en el barco a pasar la noche. Dicen en la base que utilicemos el Flor de Planyol a modo de hotel flotante y que a la mañana siguiente se nos dará solución. Dice Elvira que esto no es un hotel flotante, que es una pensión hundida y que no dejen para mañana lo que pueden solucionar hoy. Dice Popeye que tendrá que llamar otra vez a la base, Dice la base que, si queremos, nos proporcionarán unas bicicletas, para que paseemos por los andurriales de La Madelaine y podamos relajar esta tensión que acumulamos. También dicen que precisamente ahora, el jefe, responsable, manda más y patrón de la base, está de vacaciones y que en este caso concreto ellos, incompetentes, necios y franceses, son incapaces de encontrar otra solución mejor para nosotros. Dice Popeye que mejor que se lo trague la tierra antes de que nos lo comamos nosotros. Dice Txugui que por qué no atamos a Popeye a un poste. Dice Elvira que no da crédito a lo que está oyendo. Dice Blanca, que se ha levantado de la siesta con dolor de cabeza, que de momento hay que retener a Popeye y hundir el barco. Digo yo que en mi pueblo tengo una casita, con su huerta de verde césped, con sus hermosos arbolitos que, ahora, en verano, regalan su sombra generosos y en sus ramas se vienen a posar lindos pajaritos que alegran mis oídos con sus preciosos trinos en español ¡cojones! A ver para qué vinimos nosotros aquí a guerrear entre franceses, con el trabajo que nos costó echarlos de España hace doscientos años. Dice Popeye que él no es el responsable de esta situación, y tiene razón, que se tiene que marchar y que, por favor, le quitemos la navaja a Blanca.
A las diez y nueve horas y treinta minutos somos abandonados a nuestra suerte (que está siendo pésima) en el muelle de La Madelaine. Durante unos minutos el Flor de Planyol es, literalmente, tragado por una espesa niebla de abatimiento franco- acuoso ante el que nos sentimos impotentes. Es el bucle. Para salir de esta zozobra, mi contramaestre propone unas cervecitas. Elvira hace como que no ha oído. Blanca le tira con una chancla. Yo me seco las lágrimas. Txugui se coge una cervecita y se va con sus cañas a un rincón de popa. Aquí estamos, en La Madelaine, intentando adivinar que nos deparará el mañana. Txugui con sus cañas. Blanca intentando ser optimista. Elvira sentada en su sitio habitual, en la cubierta de proa. Desde aquí puedo escuchar su cerebro. Está triturando incompetentes. Yo ya no sé si estoy aquí, o soy un holograma.
Hoy se cena tortilla española, por hacer patria. Todos aquellos proyectos de paellas y barbacoa no tienen ahora maldita gracia. Mi contramaestre y yo pelamos patatas, Elvira y Blanca preparan la mesa y las ensaladas. Cenamos con buen humor y malos presagios. Anochece en La Madelaine, pueblo francés donde jamás habíamos planeado pasar la noche. Cada cual a su camarote. A descansar nuestros desconcertados cuerpos en las colchonetas matrimoniales de este hotel flotante.
11 de agosto de 2011. Amanece en La Madelaine. La humedad cubre las ventanas del camarote. Todo lo que vemos por ellas es bucle. Mientras esperamos la llamada de la base desayunamos, preparamos el equipaje para abandonar el barco y seguimos esperando. Elvira hace una llamada a su agencia de viajes para informar de nuestra aventura y situación, y con esto se desencadena la tormenta telefónica que sufriríamos las veinticuatro horas siguientes. No puedo reflejar aquí, aunque quiera, el número, orden y calidad de las cientos de llamadas realizadas, recibidas, cruzadas y en serie que sufrimos. No puedo.
Dejamos el barco en el muelle y nos vamos al camping de La Madelaine, a ducharnos y tomar un cafetito.
Llamada de la base- Es la muchacha que habla español. Que no han encontrado solución. Que si queremos bicicletas. Que el jefe está de vacaciones. Que volverán a llamar.
Elvira: Que manden IN-ME-DIA-TA-MEN-TE alguien a buscarnos a nosotros y a nuestro equipaje. Que nosotros también estamos de vacaciones. Que no vamos a dormir ni una noche más en el cascarón por culpa de una caterva de incompetentes y otras cosas que no voy a escribir aquí.
Llamada de la agencia- ¡Ay por Dios Elvira, como lo siento! Que harán todo lo que esté en su mano.
Llamada del mayorista- Que tienen noticia de nuestra situación. Que están haciendo todo cuanto pueden por encontrarnos la mejor solución.
Llamada de la base- Que mandarán un taxi a buscarnos. Que nos transportarán a la base y allí trataremos el tema. Que el jefe está de vacaciones.
Llamada del mayorista- Que se han puesto en contacto con la base. Que allí nos buscarán alojamiento para la nochecita que se avecina.
Nos volvemos al barco, a esperar el taxi.
Llamada de la base- Que ya está el taxi en camino. Que para cuando lleguemos a la base la oficina estará cerrada, que en Francia se come muy pronto, que tendremos que esperar por allí hasta la tarde francesa. Que el jefe está de vacaciones y que la muchacha que habla español no podrá estar presente para atendernos, porque tiene que asistir al entierro de un amigo que se lo ha comido un tiburón (yo juro que esto es totalmente cierto. Estas cosas pasan cuando estás inmerso en el bucle. Porque el bucle, una vez que empieza a girar, no se anda con razones ni pequeñeces para llevar a término sus planes)
Llega el taxi, cargamos nuestras cosas, que son muchas, no queda ni un hueco libre, nos subimos y abandonamos definitivamente el Flor de Planyol en el muelle de La Madelaine. Aquí se acaba el diario de a bordo de este cascarón. Sentimos algo de pena al abandonarlo, nos habría gustado mucho más hundirlo.
No se pierdan el siguiente capítulo de, “Vacaciones”, el panfleto por entregas que arrasa en la red. Basado en hechos reales.

VACACIONES. Capítulo V

octubre 3rd, 2011

Como submarinista de la armada francesa realizo mi primera inmersión a las quince horas, cuarenta y siete minutos. Vuelvo a la superficie treinta y ocho segundos más tarde. Efectivamente el agua huele a caquitas, hay gasoil flotando y caquitas en suspensión y algo, no sé el qué, está enredado en la hélice. Soy buzo de la armada francesa pero no me han dado el uniforme, no tengo gafas. Mi único equipo es el bañador que me compré allá en mi España querida y que, después de sumergirlo en estas aguas, pienso tirar a la basura.
Segunda inmersión. No sé cuánto tiempo estuve sumergido, a mí me pareció mucho. Aquí abajo el bucle es mucho más patente. ¿Qué demonios hago yo sumergido debajo de este cascarón, entre caquitas, a dos mil quilómetros de mi casa? ¿Cómo he llegado aquí? ¿Qué es eso que está enredado en la hélice? Seguramente una serpiente venenosa, todavía viva, con la que este ridículo destino se divierte enfrentándome. Sea lo que sea tendré que hacerlo, porque si no mi reina se va a quedar sin vacaciones. Si fuera por mí, ahora mismo rociaba este maldito cascarón con gasolina y le pegaba fuego. Estoy pensando que no haría falta la gasolina, con el Tres en uno que echó Popeye hay bastante. Debe de ser la falta de oxígeno lo que me hace ver el bucle tan claramente. Vuelvo a la superficie con algo que he desenredado de la hélice, no sé lo que es ni quiero saberlo. Arriba, en el muelle, todos están esperándome. Parece ser que he tardado mucho en salir. Blanca lo está grabando con su cámara, Txugui, como mi segundo y fiel contramaestre, se ofrece para relevarme y Elvira no se cree nada de lo que está viendo. Son hierbas, lo que traigo en la mano son hierbas, una especie de zarza, junco, alga. Popeye dice que sí, que puede ser la causa de la avería. Mi tripulación y yo pensamos que es ridículo que la hélice de un barco se inmovilice por culpa de un puñado de tiernas algas de río.
Tercera inmersión. Me vuelvo al bucle, porque hay más zarza que desenredar. Esta vez he tragado algo de agua al sumergirme, así que, cuando acabe mi misión, tal vez me tengan que llevar al hospital más cercano para hacerme un lavado de estómago, porque este agua tiene que ser venenosa, tiene que provocar horribles mutaciones en el metabolismo. Ya entiendo por qué mi contramaestre no ha pescado ni un pez, aquí no creo que haya peces. La hélice queda por fin liberada, limpia, ligera, dispuesta para la navegación, y yo vuelvo a la superficie con otra ración de hierbajos. Popeye repite que sí, que estas simples hierbas pueden inmovilizar el potente motor Volvo del barco. A Txugui, esto que dice Popeye, le da risa, Blanca está pensando en atizarle a Popeye con el bichero, Elvira está pensando en sujetar a Popeye para que Blanca pueda darle a placer, y yo solo quiero ducharme, por el amor de Dios.
Popeye arranca y prueba. Nada, que no funciona. Yo sigo insistiendo en que la causa de la avería está en la transmisión. Mi contramaestre está de acuerdo, Elvira y Blanca, que siempre han sido propensas al amotinamiento, también apoyan mi opinión. Popeye, que no ha estado sumergido en este caldo con tropezones, sigue pensando que es la hélice. Dice Popeye que se va en busca de un técnico de la casa Volvo. Que volverá con él en no más de una hora.
Como la situación ha sido desagradable y estrambótica para todos, mi contramaestre decide preparar unos gin-tonic a modo de compensación. Blanca y Elvira se abren una botellita de Caney. Mientras Txugui y Blanca preparan las bebidas, yo me ducho y Elvira recorre el barco arriba y abajo, a grandes zancadas, intentando asimilar la situación y cómo salir de ella sin recurrir al homicidio. A estas alturas del episodio, entre gin-tonic y Caney, hago saber a la tripulación mi opinión y sospechas sobre lo que nos está pasando. Les hablo del bucle y les aconsejo que preparen su equipaje, porque la aventura como navegantes creo que se ha ido al traste. Ellos me miran y no me lo dicen, pero yo sé que están pensando que el gin-tonic, y la reciente inmersión me han ablandado el cerebro.
A las dieciséis horas y treinta minutos nos comemos los macarrones con pollo. Terminada la comida reflexionamos en cubierta sobre la situación. La tripulación mantiene la esperanza, así es que mi contramaestre prepara otro par de gin-tonic y saca las cañas. Blanca se va al camarote de proa, el Caney le ha dado unas ganas terribles de dormir la siesta. Elvira está en la cubierta de proa, el Caney le ha dado ganas de pensar. Yo sigo pensando que es la transmisión, que se acabó el billete y que el bucle es insalvable. Mi contramaestre me da un mini cursillo de pesca. Me muestra la forma y manera de pasear río arriba y río abajo una cucharilla, mosca o lombriz sin pescar un solo pez. Yo practico el lanzamiento, enredo la tanza bien enredada, y nos pasamos media hora desenredando tanzas con una cervecita.
A las dieciocho horas Popeye regresa. Baja por la rampa que conduce al muelle. Le acompaña una especie de no se sabe muy bien qué. Lo que sea que lo acompaña viene metido en un traje de neopreno y por sus formas redondeadas y prominentes parece cualquier cosa menos un buzo. Tal vez sea una morsa amaestrada. Popeye trae cara de haber resuelto los problemas. Toda la tripulación, y yo incluido, nos apostamos en la barandilla de popa. Esto no podemos perdérnoslo. El buzo, la morsa, o lo que sea, se mete en el agua. Blanca dice que no es una morsa porque habla francés. Intenta acomodarse las gafas de buceo y casi rompe las suyas, las de leer, porque no se las había quitado. Hasta Popeye se ríe.
Primera inmersión. Inmersión fallida. El buzo se lanza con decisión, pero el culo no se sumerge y así resulta imposible acercarse a la hélice. Risas contenidas en popa. De nuevo el buzo aspira con potencia para llenar sus pulmones de aire. Con el aire entra alguna gotita del agua que resbala por su cara. El buzo se añusga. Se nos ahoga el buzo entre horribles toses. Este va a ser el primer buzo que se ahoga con el agua por la cintura, aunque yo creo que a eso no se le puede llamar cintura. A ver cómo se lo explican a su madre.
Tercer intento. El culo sigue flotando, la hélice queda lejos. Sale el buzo a la superficie y se da un buen cabezazo contra la escalerilla del barco. Mi contramaestre susurra: -Esto, si no se ve, no se cree.
El buzo y Popeye hablan un buen rato en su francés natal. Conclusión, no es de la hélice. Habrá que mirar en el motor, que por suerte no está sumergido.
Popeye arranca el motor mientras el técnico-buzo hurga en sus tripas, las del motor. Adelante, atrás, atrás, adelante, embraga, desembraga, otra vez, ahora más despacio, prueba otra vez, adelante, atrás, para la máquina. Popeye se reúne con el técnico-buzo, conversan un buen rato. Ahora sí. Ahora por fin han encontrado la avería, está bien clara. Un par de pruebas más y ya es certeza. Otra prueba para que nosotros todos podamos ver y comprobar que efectivamente han dado con la avería. Sí señor. Ahora por fin estamos todos de acuerdo. Lo que se ha averiado es LA PUTA TRANSMISIÓN. Mi reina se me acerca con ademanes cariñosos, quiere distraerme un poquito para poder atarme con una cuerda que trae oculta, para que yo no mate a Popeye y a su morsa amaestrada.

VACACIONES. Capítulo IV

septiembre 29th, 2011

Diario de a bordo del Flor de Planyol. 10 de agosto de 2011.
Superado este complicado episodio es llegado el momento de poner en conocimiento de la tripulación los fallos mecánicos que vengo sufriendo en soledad. Explicados los pormenores del fallo mecánico y mis peores sospechas, el contramaestre se queda pensativo, sopesando la situación y sentencia:
-¿Y si nos tomamos una cervecita mientras damos unos cañazos?
A las doce horas y quince minutos decidimos amarrar el barco en zona de descanso y llamar a la base para comunicar nuestros problemas mecánicos. Voy a recordar aquí que estamos en Francia, que en Francia se habla francés y que en España el francés ya todos sabemos lo que es. Yo no hablo francés, Elvira habla español, y mucho, Txugui habla muy bien, pero en italiano, y Blanca habla perfectamente el inglés. Establezco comunicación con la base. Me ponen en contacto con una empleada que habla español. Pongo en su conocimiento nuestro problema y situación geográfica. Tendremos que esperar. Ella va a contactar con el departamento de reparaciones, averías y putadas varias y se pondrá en comunicación con nuestro buque. En el río calma chicha. En el barco calma tensa. A la una horas y dieciocho minutos nos ponemos a preparar macarrones con pollo. Txugui saca las cañas. Blanca está canturreando y optimista, como casi siempre. Elvira empieza a pensar que soy gafe. No se imagina que, desde que pasamos la esclusa donde conocimos la fatalidad náutica, estamos entrando en lo que yo llamo un bucle de circunstancias calamitosas concatenadas. Un bucle en que las circunstancias y los tiempos interactúan para producir el efecto bola de nieve. Un bucle del que si no salimos a tiempo acabará por arrastrarnos a lo que se conoce como tragedia cómico-estúpida. Un bucle de los que yo he vivido docenas de veces. Yo entonces tampoco lo sabía, lo supe más tarde. Ya diré cuando.
A las catorce horas y quince minutos la comida está lista, la mesa puesta y la tripulación hambrienta. Entonces suena el teléfono. Me habla la empleada que sabe español y me dice:
-Digijamse al embagcadego de La Madelaine, que está a unos quinientos metgos gío agiba. El mecánico estagá con ustedes en tgeinta minutos.
De momento nos quedamos sin macagones con pollo. Todos a sus puestos. Proa contra corriente, motor a plena potencia, que en este caso es como decir nada. Nos vamos a La Madelaine. Quinientos metros río arriba. Aquí estamos los cuatro, en nuestros puestos, erguidos, mirando al frente con decisión, el motor ruge, hago sonar la bocina para saludar a una familia de caracoles que nos adelanta por la derecha. El Flor de Planyol remonta el río, orgulloso, a velocidad de dos metros por minuto. Nos miramos unos a otros, no decimos nada, pero todos pensamos lo mismo. “Creo que estamos metidos en una película de los hermanos Marx”.
A las quince horas y siete minutos atracamos en el muelle de La Madelaine. A las quince treinta llega el mecánico. Baja despreocupado y alegre por la rampa que conduce al muelle, con el equipo de reparación en su mano izquierda. Un destornillador, un bote de Tres en uno y un trapo. Nos han mandado a Popeye. Aquí es donde yo pude sentir, con escalofriante certeza, que el bucle nos engullía. Popeye habla algo de español, pero yo creo que lo aprendió de un niño de quince meses, porque apunta con su dedo al río y dice –“agua”, me apunta a mí y dice –“capitán”, luego nos mira a todos y suelta –“bagco con pgoblemas, sí”. Como puedo le hago saber los síntomas que, según mi humilde opinión, indican una avería en la transmisión. Popeye no me hace ni caso pero a mí esto no me importa, porque ya estoy acostumbrado, Elvira y Blanca tampoco me lo hacen. Desarma con su destornillador la caja del timón y reparte Tres en uno sin miramiento. Arranca y prueba. Nada, no funciona. Desarma con su destornillador la palanca de mando y vuelve a rociar con su Tres en uno. Arranca y prueba. Nada, no funciona. Desarma con su destornillador la pestañita del embrague y suelta otro generosa ración de su Tres en uno. Arranca y prueba. Nada, no funciona. Yo insisto en que a mi juicio la avería es cosa de la transmisión. Elvira, que no da crédito a lo que está viendo, se lleva los macarrones a lugar seguro porque peligra que Popeye los rocíe con su Tres en uno. Popeye vuelve a montar lo desmontado, el Tres en uno chorrea por todas partes, Popeye lo limpia con el trapo, que para eso lo traía. Arranca y prueba. Nada, no funciona. Ahora le toca al compartimento del motor. La misma técnica, tres en uno a manta. El Tres en uno debe de estar en oferta aquí en Francia. Mi contramaestre, Txugui, me comenta en voz baja:
-Ten cuidado, que no te de la tos, porque, como hay Dios que te rocía la garganta con el Tres en uno.
Popeye ha encontrado la avería, o eso dice él. La hélice se ha atascado, algún cable, cuerda o serpiente fluvial ha ido a enredarse en la hélice. ¡Seguro! Es necesario sacar el barco del agua o bien sumergirse bajo este cascarón, liberar la hélice y listo, a navegar.
-Pego yo no se nadag. Dice Popeye.
Silencio silencioso. Popeye me mira, yo miro a Elvira, Elvira mira a Txugui, Txugui mira a blanca, Blanca mira a Popeye y Popeye me mira a mí.
El bucle se nos está tragando sin remisión.
Como capitán del Flor de Planyol, y por salvar nuestras vacaciones, cargo sobre mis espaldas con el enorme sacrificio de sumergirme en estas aguas marrones por las que cientos de barcos transitan, cada día, bombeando alegremente sus caquitas al exterior. Traspaso el mando del Flor de Planyol a mi contramaestre y paso a ser submarinista de la armada francesa.