ARDOR SEGUNDA PARTE. SEXTA CATEGORÍA

Queridos burros, y vuelvo a este antiguo saludo porque siéndolo el que escribe, algo de burro tendrá el que lo lee, cuando hace tiempo escribí aquella primera parte de “ardor”, ni quería, ni pensaba que hubiera una segunda. Ya entonces, aún sin creerlo, sospechaba que si había de existir una segunda parte tendría que ser cosa más que penosa y delirante. Me quedé corto en mis sospechas. A punto he estado de ver la luz al final del túnel. Que si no la he visto ha sido por estar demasiado ocupado sujetándome las tripas y disfrutando a mis anchas de un dolor lacerante, irracional y definitivo. Entonces, cuando escribí aquella primera parte, me atreví a enumerar los pasos o categorías existentes entre el ardor ocasional y la mesa del forense. Eran cinco porque yo desconocía que hubiera más. Porque pensaba que mi animalidad me había llevado a recorrerlas todas y detenerme justo a tiempo, en la quinta. Para mi desgracia he tenido ocasión de descubrir una sexta categoría, experimentarla y ascender un nivel más en el escalafón. Creía entonces que, tras la barra de hierro incandescente, no había nada más, que si enmendaba mi conducta y manejaba con rienda firme el bruto que llevo dentro, allí acababa este camino hacia el averno digestivo. También en esto me equivoqué. De nada han servido curas y regímenes alimenticios, cambios de costumbres, dietas blandas y moderación. De nada. El trabajo y el daño ya estaban hechos y, una vez alcanzadas las cinco categorías anteriores, la sexta llega por su cuenta, sin necesidad de perseverar en la bestialidad y los excesos. Ahora sí, ahora ya sé cuál es el paso último entre la barra de hierro incandescente y estar con las tripas fuera en la mesa de un forense. Ahora, la barra de hierro incandescente, que yo consideraba el sumun de dolor y sufrimiento, es solo una fugaz y pasajera Lucerna. Ahora que he soportado el horno de Satanás consumiéndome las entrañas, ahora sé que aquello solo era la brasa de un cigarrillo antes del incendio forestal.
Escribo esto con una cicatriz vertical que divide mi abdomen en dos. Parece una cremallera con su veintena de grapas metálicas. Debajo de esta hay otra, o sea, dentro, en el estómago. Esa no se ve, solo la siento. Las cosas se me complicaron hace ahora una semana. Esta vez no hubo excesos, ni comilonas. La barra de hierro incandescente me atravesó el estómago por las buenas, sin aviso previo. Pasé una noche como las de antaño, de paseíto por la casa con las brasas en la tripa. Volví a chupar con deleite una pastilla detrás de otra. El amanecer me sorprendió vomitando, arrodillado y penitente, esperando que, como era costumbre, llegara el alivio con el ayuno. El ayuno llegó, el alivio, no.
Después de todos estos años con la barra de hierro incandescente intentando perforar mi estómago, al final lo consiguió. Ha sido algo inenarrable. Si entre las otras cinco categorías se ascendía paso a paso, escalón por escalón, entre la barra de hierro incandescente y esta otra, la nueva categoría, ya no se asciende alegremente. No. De repente desaparece la escalera por la que asciendes alegremente pasito a pasito cometiendo estupideces. No es un escalón más, no señor, es un abismo sin fondo en el que te precipitas agarrado a tus tripas. El umbral de dolor, tal y como yo lo conocía, en este abismo no sirve. Cuando los jugos gástricos, liberados a sus anchas, recorren tu abdomen ávidos por calcinar vísceras, la palabra dolor no es suficiente para describirlo. Acaban de pegarme un tiro, pero de adentro hacia afuera. No puedo contar muy bien lo sucedido, porque no pude prestarle atención, solo puedo ocuparme del agujero que tengo en mi estómago y de mis vísceras hirviendo en un caldo abrasador. Un caldo que no puedo creer que segregue mi propio cuerpo. No puedo hablar, no puedo respirar, voy a terminar convertido en un charco humeante de ácido en el suelo de una ambulancia. De la ambulancia al quirófano solo hubo un cambio de camilla y algunas preguntas que yo ni puedo ni quiero responder. Estoy demasiado ocupado sintiendo la tobera de fuego y azufre que sale de mi estómago. Estoy pensando que si el cirujano no abre rápido mi tripa, será mi tripa la que se abra por su cuenta y libere la colada volcánica abrasando a su paso manta, camilla y hasta las baldosas del suelo.
Siempre había contemplado con cierto temor ese paso previo a la entrada en quirófano, esa tensión preoperatoria. Nada de eso, nunca vi a nadie entrar con tanta decisión y alegría en un quirófano. Para mí, el quirófano, es como la redención, la esperanza, la tabla de salvación que me saque de esta cocción interna. Quiero entrar, necesito entrar, por favor doctor, opéreme, que trabajo hecho no corre prisa. Lo último que veo es una señorita con gafas de pasta. Coloca una máscara, como las de pilotar aviones, en mi cara y me hace unas preguntas que no tienen ni pies ni cabeza. Y adiós.
Dos horas han necesitado en quirófano para apagar la caldera y sabe Dios qué barbaridades más me habrán hecho. El caso es que despierto sin dolores. Me da igual dónde estoy porque no tengo dolores. Me salen tubos de la boca, de la nariz, del abdomen y hay un par de maquinitas alegrando el ambiente con sus pitidos. Parezco la depuradora de una piscina, pero ya no tengo el volcán de la tripa. El resto ya sabemos todos de qué se habla. Tienes que hacer pis bajo amenazas. O haces pis o te ponemos una sonda. Toda la infancia aprendiendo a no hacerte pis en la cama y ahora que lo tengo que hacer me es imposible. Como voy a hacer pis tumbado boca arriba, aquí en mi camita, como si fuera un caballo. Otra opción es levantarte y arrastrar tu cuerpo maltrecho agarrado al poste del suero, sujetando la sonda del abdomen, y la de la nariz, y el camisón de diseño que deja el culo al aire. Solo haría falta colocar una campanilla en el poste del suero para avisar a los transeúntes de que se acerca un leproso. Pero todo lo tengo por bien empleado. Por bruto.
Durante los tres primeros días, después de la faena, ni agua me dieron. Ahora llevo una semana de batidos, zumos y aguas sanadoras. Espero haber terminado aquí con mi recorrido por el apasionante mundo del deterioro digestivo y no seguir ascendiendo, o mejor dicho descendiendo, peldaños, porque creo que para el siguiente ya no serviría otra cosa que no fuera la extremaunción.
Comer despacio, masticar bien. Haya salud y suerte.

SOY UN ORCO

Tengo que reconocerlo, soy un orco. Antes no, antes era persona normal, casi agradable. Pero las cosas han cambiado, la gente ha cambiado, el mundo ha cambiado y yo, como tengo un cerebro simple y primitivo, como vivo y siento desde la oscuridad de la caverna y me aferro a principios paleolíticos, pues no he cambiado, no he sabido cambiar, me he convertido en un orco. No ha sido de un día para otro, ha sido un largo proceso, una elección. Tenía varias opciones para escoger. Podía haber seguido el camino mayoritario, aceptar el cambio, asimilar las novedades, el progreso, las modas, la conducta y el pensamiento plano y convertirme en otro bien queda más, otro más de los que muestran una mimética sonrisota y guardan las buenas maneras aunque estén desollando a su madre en la habitación de a lado. Yo decidí ser un orco y me está empezando a gustar. Antes, cuando no era un orco, si ibas de visita a casa de los amigos, había que tener mucho cuidadito para que la conversación no derivara en según qué temas. Porque por menos que canta un gallo te endosaban el video de la boda. – Menudo frío que hace hoy -, decías tú tan campechano. Y ya te contestaba el cineasta de la casa, – para frío, el que hacía en mi boda-. Ya está, ya tiraba de video y te veías sentado de cualquier manera en el brazo de un tresillo, no hay sitio para todos, visionando el video de su boda, el bautizo de Nanín, la comunión de la pequeñina y las bodas de plata de su suegro, que es un contable de Córdoba al que yo no he visto en mi vida. Te volvías a casa con los ojos como dos higos y renegando de ti mismo por ser tan educado y cordial, tan bien queda. Ahora ya no hace falta ir a casa de nadie para que te fundan el día, la tarde, la mañana. A cualquier hora, en cualquier sitio, tomando vinos, a la salida de un entierro, al bajar de un taxi, da igual dónde, alguien saca su móvil de última generación y te endosa fotos, videos, las vacaciones en Turquía, las primeras cacas del bebé, un chiste que le mandó una prima que tiene una carnicería en Sabadell, el último monólogo de Johnny Cascarrias, un bulto protuberante y carnoso que le ha salido a su mascota en el mismísimo, la lista es interminable. Los orcos no miramos videos, no queremos saber de tus vacaciones, nos importa una mierda el bulto, las cacas y tu prima si no está delante. Los orcos estamos aquí, ahora, contigo. En fin, a otra cosa.
Voy al dentista, entro en la sala de espera y, como cavernícola que soy, doy los buenos días, hay siete personas, pero deben de ser sordomudas, no me contesta ni Rita. Yo aquí suelto una frase que decía mi abuelo cuando no saludabas como la educación aconseja, -“como las bestias en la cuadra”. Están todos ocupados con su maquinita mandando información al espacio sin tregua, contactando, comunicándose, interactuando, compartiendo. Por eso me miran con cara de reproche. Son gente sociable y cordial con un montón de amigos, no son orcos como yo. A mí eso no me importa, ni me molesta, pero, hombre, un buenos días para que yo sepa que se me ve, que existo, que ocupo un espacio en esta sala de espera llena de gilipollas, tampoco estaría mal. Casi no quedan amigos para compartir el tiempo de ocio, para ir a cenar de vez en cuando, para una velada de charla y risas, nada, que tiran todos de maquinita, y video va y video viene. Mira que foto, mira que chiste, mira que tetas, espera que me llega un guasá, hostias es el Manu, que está en Puerto Rico, otro, otro, la Choni, que tiene la regla y no va a venir. Yo no sé a qué móvil atender. Para qué me reúno yo con los colegas, si salgo de aquí y no sé nada de ellos, que no hemos tenido tiempo para la charla. Sé más de lo que está pasando a otras personas que no paran de mandar guasás. Me largo a mi casita. A leer un rato. A escribir bobadas en mi libreta eléctrica, a dormir, a cualquier cosa que no sea ser tan sociable, tan comunicativo, tan receptivo, tan moderno. Que yo soy un orco.
Otra de trenes. Me subo en el tren, que yo lo uso con bastante frecuencia, esta hasta la bandera. Busco mi asiento. Está ocupado por una ancianita. Me dice la ancianita que su asiento es el de el otro lado del pasillo, pero que se ha sentado en el mío porque el suyo está ocupado por un peregrino alemán que vuelve de hacer el camino de Santiago, ya lo dijo cuando subió, pero nadie le hizo caso. El germano esta despanzurrado ocupando, él y su mochila, los dos asientos y parte del pasillo, porque ya los pies no le cabían dentro. Son unos pies del cuarenta y cinco por lo menos. Calcetines gordos de lana, que estamos en Diciembre. Solo a un alemán se le ocurre venir a hacer el camino de Santiago en este mes. El caso es que el pobrecito, estará cansado, tiene sus piececitos trillados de tanto andar en busca de paz espiritual y jubileo, trillados y sucios, muy sucios. Huelen que apestan los pies del germano. Le doy un toquecito para que se entere de que aquí, en España, los trenes son compartidos. Un asiento por persona y billete. El muchachote alemán abre apenas un ojo, se da la vuelta y sigue con su siesta. Yo le doy un segundo toque, algo más contundente. Ahora ya es otra cosa, ya el peregrino ha vuelto en sí. Le explico la situación por señas, cosa bien fácil, le muestro el billete y apunto con mi dedo de orco a sus pinreles. El muchacho se hace el sueco, pero yo sé que es alemán. La anciana me mira y está dispuesta a dejar libre mi asiento y continuar el trayecto, hasta Bilbao, seis horas, derechita en el pasillo con tal de no molestar al guiri. Yo, como soy un orco aunque el alemán no lo sabe, cojo la mochila, se la planto en la zona de equipaje y retiro sus pies del asiento. Ahora sí que se ha dado por enterado. Me mira con cara de pocos amigos, porque en Santiago encontró el jubileo y la paz espiritual pero educación no encontró, y chapurrea no sé qué en ese idioma suyo. Yo le hablo bien alto en español auténtico, de orco de pura cepa, – Que te pongas las botas, marrano, que hueles a tigre-, mientras me tapo la nariz para que entienda y de regalo le suelto un “cojones”. El resto del viaje nos lo pasamos con las botas puestas, juntitos, sin confianzas. El resto del pasaje no hace nada, no dice nada, no ayuda nada, me miran de soslayo, me ven un poquito desagradable, porque ellos no son orcos.
Antes, cuando no era un orco, a veces era invisible. Llegué a estar quince minutos delante de una ventanilla sin que el funcionario de marras me diera ni los buenos días, nada, que no se me veía. En cualquier ventanilla, despacho, oficina u organismo, es principio infalible atender primero a los que llaman por teléfono y después a los que nos presentamos allí. No les gusta verte allí delante, en persona, mirándoles. No quieren ver personas bien educadas pidiendo papeles. Prefieren que los llames por teléfono. En las ventanillas solo se atiende bien y pronto a dos tipos de persona. A las personas importantes y a las personas desagradables. A los bien educados y respetuosos no los quieren ni ver. Yo como no soy importante no me ha quedado más remedio que ser desagradable. Yo tengo que ir en persona porque, cuando llamo por teléfono, se huelen que soy un orco y me dejan en espera con el hilo musical hasta que la oreja se me mete para dentro.
Otra. Antes de ser un orco pasé mucho tiempo con una sonrisa en la cara escuchando letanías y conferencias de vendedor de enciclopedias. Por no darle con la puerta en las narices estuve a punto de comprar una hermosa colección de historia universal de la pintura. No sé por qué era universal porque, que yo sepa, solo conocemos pintores en la tierra. Tendría que ser historia terrestre de la pintura. Bueno, el caso es que casi me meten en casa la colección con sus fantásticos regalos por ser educado, cordial y sonriente. Por dejar entrar al vendedor, hacer un cafetito y compadecerme de su pesada tarea. Él no se compadeció de mí a la hora de firmar la oferta. Menos mal que anduve listo. Ahora ya no me pasan estas cosas. Ahora siempre tengo una frase lista en la recámara, ya no llaman a mi puerta. Cuando llaman me escuchan ellos a mí y ya no quieren entrar, solo quieren irse, porque soy un orco.
Los orcos no queremos quedar bien, no sonreímos si no lo merecen, no alabamos las buenas maneras a cualquier precio, no contestamos bien cuando preguntan por lo que a nadie interesa. Los orcos no nos metemos en lo que los demás hacen o dejan de hacer con su vida, no juzgamos, no nos tragamos letanías interesadas, ni modas, ni protocolos. Los orcos no molestamos. A los orcos nos encanta la palabra “NO”.
Otro día diré lo que sí.
Haya salud y suerte.

YO VOY A IR AL CIELO

Tengo la libreta eléctrica bien fría y distante últimamente. Ni siquiera he juntado el poco ánimo necesario para felicitar esta Navidad a los que, a falta de cosa mejor, leéis estas matracas. No sé si es cosa mía o sensación general, pero yo esta Navidad no la he visto, se me ha colado como si fuera una fiesta institucional, como si la gente, incapaz de disfrutarla, la celebrara por obligación. No me extrañaría que algún avispado propusiera cambiar la fecha para que coincida mejor, para que no haga frío, o caiga siempre en lunes. Juntar todos los festivos del tirón para no dispersar tanto la actividad y conseguir unos mayores beneficios en todos los ámbitos. Sería cosa del bien común, que es argumento de peso que se utiliza cuando se toma una medida que, para favorecer a los de siempre, perjudica a todo bicho viviente. Nada nuevo. Además, empieza a estar fuera de sitio tanta adoración al nacimiento de Jesús, a sus enseñanzas de amor y paz y a su padre, que había sido, hasta hace un tiempo, Dios indiscutible. Pero ya no, amiguitos. Ahora las adoraciones, pleitesías y reverencias se las tendría que llevar otro dios, más actual, más mundano, más poderoso, más cruel, que ya es decir, el dinero. Las enseñanzas de Cristo se han quedado algo trasnochadas y en poco tiempo, allá en el cielo, se van a quedar más solos que la una, porque ahora todo el mundo tiene el mismo afán, tener más, juntar más, ahorrar más, pensar menos, nada que ver con lo que predicó nuestro querido Susi para llegarse a la diestra de su padre, y esto me hace a mí recapacitar, cambiar de rumbo. ¿Por qué? Pues porque yo siempre pensé que no quería ir al cielo, demasiada gente santurrona, obediente, aburrida, pura y angelical. Un aburrimiento con demasiada gente. Yo prefería el infierno casi vacío, claro, porque aquí, en esta tierra, todo estaba lleno de dignísimas personas que iban derechitas al cielo y a mí siempre me han caído mejor los que tienen pinta de ir al infierno, que a esos vino Cristo a redimir, y no a los santos. A mí las aglomeraciones me aturden y no me dejan moverme a mi aire. Pero ahora, estos últimos años, con este giro social que hace ver la codicia como virtud y el desapego como enfermedad mental, con tanta gente pendiente de su propio ombligo y de las estupideces innecesarias con las que vivimos, con media humanidad matándose por un quítate tú para ponerme yo, pues tengo que pensármelo porque el infierno se va a poner hasta arriba. Tengo que ser buenecito, que el cielo se está quedando vacio y tranquilo, como a mí me gusta. Haya salud y suerte.

TORPEZAS

Recientemente he cumplido cincuenta y un años. Yo no sé cómo ha sido, porque a mí me parece que llevo aquí apenas dos docenas. Me cundió mucho más la mili. Sin embargo me aseguran en casa, los que los han pasado conmigo, que sí, que hace cincuenta y un años que ando incordiando por estas tierras. Yo no sé en qué se me ha ido el tiempo, que apenas si empiezo a saber algunas cosas, pocas. Bien torpe me ha tocado ser porque las pocas cosas que sé, comprender, ni las he comprendido ni las comprendo. Las sé, que no es poco. Si algo ha crecido en estos cincuenta y uno es la certeza de vivir una pantomima diseñada por otros y cuyas razones y fundamentos se le escapan a una mente recia y primitiva como la que yo manejo. Sospechas tengo. Si tuviera que hacer recuento de lo que sé, lo que he aprendido, lo que puedo enseñar y pasarlo al papel, no ocuparía más espacio que uno de estos relatos que cuelgo en la libreta eléctrica. Y tendría que titularlo “TORPEZAS” si lo quiero un poco más largo.
Cumplir cincuenta y un años no es disculpa para que me esté quedando tan serio el cuento este que ando escribiendo así que, aprovechando que gasto este cerebro recio y primitivo que dije más arriba, me voy a largar de este estilo maduro y reflexivo y vuelvo a lo mío, que es escribir tonterías y relatar esas torpezas que son tan frecuentes en mi biografía y entre las que me he acostumbrado a vivir. Para que vean los torpes que se puede vivir en este mundo alegremente, un porrón de años, y no entender nada. De eso si podría enseñar algo. Y para que se vea que en esto de cometer torpezas soy bien veterano y que una vez, aunque parezca mentira, y durante un año enterito, tuve veinte, voy a contar aquí algo que escribí entonces. Y basado en hechos reales.
TORPEZA Nº 1
Lo de ayer no debería contarse. Dejé el pabellón bien alto. Esta mañana apenas lo recordaba, pero a medida que avanza el día y se me pasa la resaca, las neuronas que sobrevivieron, que tienen que ser pocas, me van devolviendo la memoria. Anoche me fui de farra decidido a triunfar y casi me cuesta la piel. Entré en un garito de moda en busca de dama y compañía con la que compartir y hacer más llevadera esta fiebre de juventud que padezco. Así, creyendo yo que los brebajes etílicos me harían ganar en arrojo y decisión, bebía sin tener sed, que es deporte y afición bien común en estos ambientes. Es el caso que creí ver, allá entre la multitud bailonga, una hermosa mujer, o así me lo pareció, que no podría asegurarlo por no haber la luz suficiente y no tener yo otra cosa en la cabeza que alcohol y humo a partes iguales. Me pareció apreciar que de la citada hembra me llegaban mensajes de encontrarse receptiva a entablar conversación, que es paso previo y primero cuando de ligar se trata. Siendo yo conocedor de mi absoluta torpeza para interpretar mensajes provenientes de una hembra y por evitar la euforia, opté por la prudencia buscando confirmación a mi primera sospecha. Cambié de sitio observando si sus ojos me seguían, y así por más de diez veces, igualito que una mosca metida en un garrafón, dando vueltas sin descanso sin saber dónde posarme, ganando en gallardía y prestancia con cada copa que engullía. Se ha de decir aquí que mi tolerancia al alcohol ha rozado siempre el cero absoluto. Cansado ya, y por pura supervivencia, decidí iniciar el acercamiento y mostrarle a la hembra en cuestión lo fluido e ingenioso de mi conversación y los encantos de mi persona, ante los que había de caer rendida, que así es como yo me encontraba de tanto engullir brebajes, a punto de caer rendido. Anduve pues como pude la distancia que nos separaba y dando grandes voces, porque es imposible hacerse oír de otra manera en semejantes lugares, quise hablarle. Aquí se me volvió en contra mi propia lengua que, acostumbrada a degustar licores, se hacía la perezosa a la hora de pronunciar palabras. También mis pies se me pusieron en contra, que cuando quise acercarme a su primorosa oreja, para poder hablarle, me trastabille una miaja y casi se la como
¡ERES BREDIOSA!- Le dije con una voz gangosa que yo no me había oído nunca. Ella no contestó nada. Majestuosa volvió su cabeza hacia mi persona y, con un grácil gesto de asco mal disimulado, se pasó la mano por la oreja para librarla de las babas que con tanto amor le había dejado yo. Aquellos sus ojos que me habían perseguido y cautivado miraban ahora, apenas abiertos, por encima de su hombro y en su boca tenía el mismo gesto que si masticara limones. A mí me decía la cabeza que una rápida retirada era la única salida posible, pero se me negaban las piernas víctimas de la ingesta abusiva, así que no tuve otra alternativa que pedir a la dama disculpase mi vergonzosa conducta. Como pude articulé lo que sigue: -BERDONA MI DORPEZA, QUE NO HE PODIDO ENDRAR CON PEOR PIE.- Y acompañé la frase, para mayor desgracia, propinándole un magnifico pisotón en uno de los suyos, de los dos, el más cercano. Tengo por seguro que más me dolió a mí la vergüenza que a ella el pisotón. Ella, no sé si queriendo o sin quererlo, me alejó de sí con un ademán de su graciosa mano y de paso me tiró el cubalibre, el contenido por encima, el vaso hecho añicos a mis pies.
-NO TE PREOCUPES- le dije. -QUE YA ME ESTABA EMPALAGANDO- QUE HE BEBIDO DE MÁS POR VERTE QUE ME MIRABAS.
-¿QUE YO TE MIRABA? TÚ ESTÁS BORRACHO- Me dijo.
A mí, más confundido que otra cosa y bien borracho, como había dicho la moza, me entró una risa floja y tratando de evitarla se me convirtió en tos. A pesar de mis esfuerzos por mantener la compostura, tosía como tuberculoso a punto de reventar, y entre la tos y el alcohol y la risa aparecía alguna arcada. Así, en medio de aquella fiesta, entre risa, arcada y tos, vomitó mi cuerpo fuera toditas las copas que me había tomado, que me sobraban, provocando una estampida. La moza, aprovechando la estampida, se largó de allí como una búfala. Nada puedo decir en mi defensa, que son tan manifiestos los hechos que no ha litigio posible que me pudiera exculpar. Tentaciones he tenido, después, de explicarle a aquella moza que no soy yo tan repulsivo y alcohólico como pude parecer, que fue la falta de costumbre y el exceso lo que llevó mi persona a estado tan lamentable, pero no he caído en ellas, porque tengo la certeza de que hay impresiones primeras que causan tal pasmo y asombro que no es posible cambiarlas si no es con otras peores.
Haya salud y suerte.

CAMBIO DE CHAQUETA

Cambiar de chaqueta es un deporte que, desde tiempo inmemorial, se practica en nuestro país con una soltura, un donaire y una maestría impresionante. No es deporte olímpico, si lo fuera ya tendríamos, en medallas, más oro del que cambiamos de sitio con el descubrimiento de América. Sin embargo no es de estas chaquetas de las que quiero hablar hoy en la libreta eléctrica, ni de los que las llevan puestas, porque me caliento y se me descompone el día. Es de la mía. De la que me compré hace unos días. La compré en un momento de debilidad. Me cogieron con la guardia baja. Estaba en rebajas. Un precio irrisorio para una chaqueta de este pelaje. Un chollo. Una ocasión que hay que aprovechar. –Además-, dijo mi reina, -con ella vas muy arregladito-. Todo fue culpa mía, que la vi a ella tan ilusionada por regalarme la chaqueta que no supe decir que no, no mantuve mi criterio, me dejé engatusar porque era elegante y fina a la par que informal y moderna en su justa medida, me dejé llevar al huerto entre tanta alabanza y tanta dependienta aduladora. Fui incapaz de imponer esa personalidad mía, con criterio. Un botarate, hijos. Y cambié de chaqueta. La cosa no quedó ahí. Llegó el momento de estrenarla. La ocasión lo merecía y todo un día por delante para el disfrute de tanta exquisitez.
A la vista la chaqueta es bien chula, ya lo dije, y nada dice de lo que siente quien la lleva puesta pero, por dentro, es otra cosa. Para conseguir esa figura esbelta y gallarda, a la par que moderna e informal, le han aplicado una extraña costura que viene a morir y dar vuelta en el mismísimo sobaco, a lo que se refieren las modistas cuando dicen que te tira la sisa, solo que a mí no me tira, a mí me está estrangulando, y como la sangre no me circula con la fluidez natural y necesaria, se me están empezando a dormir las manos, no tengo tacto en los dedos, se me caen hasta los cigarrillos, y me paso el tiempo moviendo los hombros como un bailarín de break dance. Al mover los hombros con este frenesí me rozan los omoplatos con otra graciosa costura que, para más firmeza, está cosida con tanza. Tanza que algún operario indolente y haragán dejo mal rematada y llenita de terminaciones en pincho. Esta costura le da a la chaqueta ese aire juvenil pero que a mí me está sirviendo para introducirme en el apasionante mundo del faquir. La cosa es que no paro de moverme en busca de una postura o acomodo que me alivie de la opresión y eso hace que esté empezando a rozarme en el cuello. Que yo, lo que se dice cuello, como tal, no tengo. Yo paso del tronco a la cabeza sin transición, es decir que la chaqueta, lo que a otro le rozaría en el cuello, a mí me roza: la mitad en la espalda, y la mitad en el cogote. Ya hace rato que solo miro de frente, me importa un pito lo que pasa a mi alrededor, porque girar el cuello abunda en la erosión. La chaqueta es moderna, actual, contemporánea, pero yo estoy seguro de que la Santa Inquisición ya tenía chaquetas de estas para ponerle a las brujas y endemoniados. Cuando pienso que me queda todo el día para disfrutar de la chaqueta me sube un sudor frio por la espalda y, al llegar el sudor a las zonas erosionadas por las costuras mencionadas, que algún desgraciado dejó como las dejó, escuece, pica, sí señor. Menos mal que hoy no me ha tocado estrenarla en algún concierto o teatro, porque si tuviera que aplaudir con las manos dormidas, las axilas depiladas y la espalda en carne viva, se me iban a saltar las lágrimas. Así que yo en cuanto entramos en cualquier sitio digo –JO, QUÉ CALOR HACE AQUÍ. Y me deshago de la chaqueta aunque el local esté a siete grados bajo cero. O se la presto a cualquier dama que la necesite como si fuera un caballero. Alguien me dice,-QUE CHAQUETA MÁS CHULA TRAES HOY. Yo solo le contesto con resignación: SI TE GUSTA MUCHO TE LA DOY. Pero no hay suerte, a nadie le gusta tanto. Me imagino lo que sería esta chaqueta si no llevara una camisa debajo. Estoy pensando en hacerme el olvidadizo y perderla donde no puedan recuperarla, o despistarme con un cigarrillo y chamuscarla donde más se vea para que quede inservible. Seria en defensa propia. Cualquier juez me dejaría en libertad sin cargos.
Acabado el día, y ya en casa, me quito la prenda de marras y solo quiero darme un baño calentito y embadurnarme con algún ungüento curativo que repare mi cuerpo torturado. Si estuviéramos en Semana Santa podría salir con cualquier cofradía. Que tengo el cuello como si me hubieran dado con una cadena, las manos dormidas, los sobacos en una llaga y la espalda como el nazareno. Algunas veces es durísimo andar elegante y moderno a la vez.
Nunca más compraré una chaqueta mirándome en el espejo, no señor, la compraré con los ojos cerrados, solo por lo que sienta con ella puesta. Si alguien la quiere que lo diga.
Haya salud y suerte.

YO NO VUELO

Yo no vuelo, no sé volar. Nunca aprendí, es de esas cosas que das por sentado que no puedes hacer y que, si lo intentas, traerá funestas consecuencias. Nadar sí. A nadar aprendí de pequeño. En un lindo pueblo, del que soy natural, tenemos un pantano y los chiquillos nos íbamos con la bicicleta, una vez burlada la vigilancia de nuestros mayores, a recorrer la larga presa de un lado al otro sin descanso. No lo hacíamos por la zona de paseo habitual, lo hacíamos por encima del parapeto que protege a los paseantes de caer al agua. Un muro de hormigón de cuarenta centímetros de ancho. Por allí circulábamos como cohetes uno detrás de otro. Desde allí me precipité yo con mi bicicleta por cuestiones de pericia mal entendida, que creí que tenía más de la que en realidad tenía. Después, estudiando la física, supe que la inercia y la centrífuga tuvieron mucho que ver, pero yo entonces no pude achacárselo. El caso es que mi bicicleta y yo nos precipitamos al embalse. Ante semejante situación solo tenía dos opciones: o me ahogo aquí y le doy un disgusto a mi madre que acaba con ella, o aprendo a nadar. Aprendí a nadar. La bicicleta allí quedó. Así que cuando me presenté en casa, con el agua saliéndome por las orejas, se lo dije a mi madre.- ¡Mamá, que ya sé nadar! Que nos vamos a ahorrar unas pesetas en cursillos y esas tonterías. -¿Y eso? Me contestó ella. Yo le relaté someramente la peripecia.
Mi madre y yo siempre hemos tenido una excelente relación, un dialogo fluido, respetuoso y ameno. Por eso se tomó la cuestión bastante bien. Solo me dio ciento treinta y siete zapatillazos. Ahogarse es una cosa muy grave, es cierto, pero ciento treinta y siete zapatillazos tampoco es moco de pavo. Me lo había dicho muchas veces, -Un día me hartas y te doy con la zapatilla hasta que me canse. Pero hasta entonces nunca lo había cumplido, ese día sí, efectivamente me dio hasta que se cansó. En el zapatillazo ciento treinta y siete, ya no le llegaba el aliento. Ya en el ciento treinta y cinco, y ciento treinta y seis, tuve que ayudarle yo a levantar la zapatilla para que pudiera seguir. Después, cuando se le pasó un poco la fatiga, ya le dije. -Mamá, tú no tendrías que usar de estas zapatillas que se quitan con tanta facilidad. Mejor zapato de cordones, que así, mientras lo desatas, se te pasa un poco el caliente y no te llevas estos sofocones. Aquí me calló el ciento treinta y ocho.
Mi madre no es persona rencorosa, así que yo no tardé en hacerle saber lo mucho que me gustaría recuperar cuanto antes mi bicicleta. –No te preocupes- me dijo, y enseguida cogió el teléfono para llamar al comandante Cousteau. Se escribe así, pero se dice Custó. Y efectivamente, al día siguiente por la tarde se presentó el comandante Custó en el embalse con el Calipso, la tripulación al completo y una cámara de televisión. Tardamos quince días en recuperar la bicicleta, cuando las aguas del embalse bajaron y quedó al descubierto, porque Custó estuvo los quince días que no sabía si iba o venía. Que si un mamparo de proa que está roto, que si el esquife tiene más agujeros que un colador, que si ahora embarrancamos en el fango. A él lo que más le gustaba era que lo grabaran en el puente de mando, con un gorro de lana, mirando mapas y haciendo redondeles con el compás. Yo aprendí en esos quince días muchísima mecánica naval y habría podido enrolarme como mecánico en cualquier petrolero, lo que pasa es que los petroleros tienen terminantemente prohibida la navegación en el pantano de mi pueblo. Menuda trola.
Desde entonces, Custó siguió viniendo todos los años a hacernos una visita de fin de semana, porque decía que las tortillas de mi madre eran las mejores que había probado en su vida, que la menestra de mi madre era la mejor que había comido en su vida, que el cordero asado de mi madre no era el mejor que había comido en su vida, era el único, porque llevaba cuarenta años comiendo pescado y carne enlatada Si alguien ha visto los documentales del comandante Custó no se acordará de haber visto el que trata del rescate de mi bicicleta, nunca lo emitieron, porque en la fiesta de despedida, antes de que el comandante y su tripulación se fueran con el Calipso del pantano, el operador de televisión, que no había probado en su vida un orujo de la calidad y prestaciones del que se sirvió con los cafés, se calló por la borda y la cámara y la cinta quedaron inservibles. Gracias a Dios que pudieron rescatarlo a él y no tuvimos que esperar a que bajara el nivel del agua, como con mi bicicleta.
Ya sé que muchos pensarán que todo esto que cuento aquí es una burda mentira, allá ellos. Mentiras mucho más gordas que esta estoy oyéndolas yo a diario y todo el mundo asiente como los perros que llevaban antes en la bandeja trasera del coche. A lo mejor alguna cosilla se me ha ido un poquito exagerada, pero el meollo, lo que es el meollo, puritita verdad, hijos.
Haya salud y suerte.

EL MALETÍN DE LA SEÑORITA PEPIS

A mí siempre me gustaron más los indios que los vaqueros. Cuando yo era jovencito veíamos aquellas películas en las que, los indios, de buenos tenían bien poco. Además salían pintados como demonios. Aún así, a mí no me convencieron los de Hollywood. Tanto como los indios, se pintan hoy algunas chicas y tampoco me asusta, aunque algunas se pinten como apaches. Lo digo por la cantidad de pinturas y mejunjes, no porque parezcan asesinas despiadadas. De esto mucha culpa la tiene el maletín de la Señorita Pepis. Aquel maletín tuvo consecuencias para toda una generación. Hoy no sé si sigue existiendo el maletín mencionado pero el daño ya está hecho. Lo del daño lo digo con todo el cariño, no para faltar. Porque es increíble el tiempo que puede dedicar una jovencita a rebozar y revestir su cara para lucir como Dios manda. Al menos una que yo conozco. Lo he visto con mis propios ojos. He tenido el enorme privilegio de asistir a ese momento, aunque en este caso lo de momento no queda bien, porque la ceremonia es más bien de horas, no de momentos. Alicatar un baño lo veo mucho más sencillo. No podía imaginarme que, en las noches de fiesta, tras la jovial y atractiva imagen de una jovencita veinteañera, se escondiera tan descomunal empresa. Es el caso que la jovencita en cuestión, sin pintura ni nada en la cara, es, de suyo natural, bien hermosa. Si no lo fuera no quiero imaginar de cuánto tiempo hablaríamos.
Es verdad que lo que voy a contar es, a mi juicio, un caso especial, singular, extremo, único, digno de ser estudiado por alguna universidad americana de esas que no saben en qué perder el tiempo. Claro que mi juicio en estos asuntos es de poco peso, de ninguno diría yo. Yo cuento aquí lo que vi y lo que se me dijo.
Hora de salida, las doce treinta. Por lo que todo lo que sea empezar a maquillarse después de las diez treinta significa prisa, agobio, precipitación, catástrofe. Hablamos de la cara, ¡cuidadito! Porque si la susodicha tiene que ducharse y hacerse el pelo, me dicen que tenemos que añadir otro par de horas más. Hoy está duchada, pero ya vamos tarde. Lo primero, el maletín de los potingues. Un investigador químico tiene en su laboratorio menos botes. Aquí hay de todo para cualquier tipo de cutis y en distintos tonos. Pinceles de distintos grosores y tactos. Esponjas. Pinzas para retorcer y estirar lo que haga falta. Una crema de base, una restauradora, otra tensora, también exfoliante, y otra regeneradora por si te pasas con la exfoliante. Naturalmente también hay sérum. ¿Qué es sérum? Pues en español se llama suero, pero dicho así pierde mucho glamur y se vende la mitad justa. Sirve para hacer milagros, según me cuentan aquí, pero nadie los ha visto, aunque tiene mucho de milagro las toneladas que se venden. Dieciocho tonos distintos de maquillaje, más claro, más oscuro, más brillante, menos brillante, opaco, transparente, acción caoba, efecto nácar, textura de mármol, de noche, de día, de tarde, de mañana,( como los turnos de una fábrica). También tenemos una crema limpiadora por si, una vez acabada la noche de mambo, todavía le queda ánimo suficiente para quitarse el enlucido. Yo me imagino que si sirve para quitarse todo esto, tiene que servir para decapar puertas. Imagino también cómo quedará la almohada si se mete en la cama sin limpiarse. Vamos a empezar así que se me pide silencio, que la cosa es seria. Una vez limpia la cara, con el cutis hidratado, comienza la faena. Lo primero, cambiar el color de esa cara que ahora, con veinte años, está fresca y lozana que ofende a la vista. Más adelante, cuando ya ronde la cuarentena, habrá que dedicarle más de dos horas para que se parezca a la que aquí tenemos sin pintar. Esto lo pienso, pero no lo digo, porque ya se me ha advertido de que no se debe distraer a la artista. Además soy el único hombre entre cinco mujeres y este privilegio se me puede retirar sin aviso previo, sin votación ni nada. Basta con que alguna de ellas lo crea oportuno. Sigo con el relato. El color nos está quedando algo oscuro. Esto estaría bien en pleno agosto, a la vuelta de un viaje al Caribe, no en este febrero del norte.
– ¡Qué negrura, chica!
-Ese tono África solo pega en una fiesta de tribu con tambores.
Hay unanimidad. Ala, a limpiarse un poquito, a frotar, a estirar con la almohadillita de algodón.
-Tampoco frotes tanto, que te llevas la hidratante de base, hija.
Bueno, diez minutos más de enlucido y ahora sí. Ahora ya tenemos un color, una cosa elegante, ni claro ni oscuro, atractivo a la par que discreto, luminoso, fresco, un color… Yo no sé qué color es este. La cosa va para media hora. Vamos a por los ojos. Aquí se ha de decir que los ojos, los de esta jovencita, tal y como los tiene al natural, parece bien difícil mejorarlos, que son, a mi humilde parecer, de los más hermosos que he visto. Se me indica que guarde silencio y que mi parecer puedo dejarlo en el coche. Parece ser que a ella los ojos no le gustan tanto como a mí, así que, a base de perfilárselos, se los va a cambiar por unos más…distintos. A mí, de verla a ella con ese lapicero, me están empezando a llorar los míos. Raya por arriba, raya por abajo. Raya por dentro, raya por fuera. Hay que probar todo tipo de rayas, que cada noche es distinta y no sabemos cuál nos quedará mejor hoy. Se discute la cuestión, bueno yo no, la discuten ellas, y se decide que la raya, hoy, tiene que ser por fuera. Con la raya por fuera, ya el ojo parece otra cosa, como si hubiera estado mirando por un tubo de escape. A mí eso me parece un perfilado de efecto carbonilla, pero es porque no entiendo. Ahora viene el párpado, que hay que darle volumen a base de luces, sombras, brillos y exquisitos difuminados, es decir, como si te hubieran dado un puñetazo, pero con la fuerza justa para que quede llamativo, vistoso y sugerente, pero sin que parezca un moretón. Llevamos un rato bien grande con el primer ojo y ahora tenemos que dejar el segundo idéntico a este. A mí me parece difícil volver a reproducir con exactitud la paranoia volumétrica del primer párpado. Se me comunica que eso es pan comido. Después de veinte minutos, increíble, ya no hay quien distinga un ojo del otro. Están igualitos. Atención, las pestañas. Que tampoco le gustan como las tiene. Lo que veo a continuación puede herir la sensibilidad del espectador que sea como yo. Se trata de retorcérselas, o no sé qué, con unas pinzas como las de sacar los fritos de la sartén. A mí me da mucha grima. Parece una cosa de nazis torturadores en busca de una confesión. Desde luego, si me las ponen a mí, yo confieso el asesinato de Kennedy, que me dormí al timón del Titanic, la extinción de los dinosaurios, lo que sea pero por favor que me quiten eso de las pestañas.
Vamos a ver qué se puede hacer con la boca. Con la mía, mantenerla cerradita. Ahora vamos con la de ella. Es primordial escoger el tono para que combine con los tonos azulados del contorno de los ojos y con el color ese raro que teníamos en la cara, y con el color de ojos suyo de siempre, y con el crudo del vestido, y con el de la funda del móvil. Esto nos lleva diez minutos largos. Porque una mala elección y pasas de ser la reina de la fiesta que causa admiración a su paso, a ser el putón verbenero que anda escurriendo los vasos del garito. Esto es así. Una cosa más que delicada, y la línea es muy, muy fina. Se opta por un color neutro, que yo no sé lo que es, pero ellas sí, y después lo perfilamos, delicadamente, con una sutil iridiscencia que aporta un sugerente difuminado de luz, un halo seductor, un hechizo carmesí, una hora que llevamos con la boca. A mí me duelen los labios de tenerlos contraídos mirando para ella. Francamente, todo un trabajo artístico, un derroche de sensibilidad que se va a quedar pegadito por los vasos. Rematamos la faena con unos toques de brochón aquí y allá y listo, a triunfar en la noche, o lo que sea. Parece que la cosa ha salido bien y que todas las presentes están conformes con lo conseguido. Yo creo que, con el color de la cara, las manos parecen de otra persona, pero me callo, no vaya a ser que esté diciendo una estupidez.
He tenido el privilegio de asistir a este momento (dos horas). Ha sido divertido compartir por un momento (dos horas) las risas, la ilusión y los veinte frescos y atrevidos años de ella.
La de tiempo que me he ahorrado con ser hombre.
Haya salud y suerte.

SOLO PARA ADULTOS

Como todos sabemos yo no veo la tele más de trece minutos al día, y si no lo sabemos es porque no estamos muy atentos a lo que aquí se escribe. Trece minutos siempre me han parecido más que suficientes. Antes. Ahora ya me parecen insoportables. El país que sale por ella me da vergüenza, porque no es el país que yo conozco, ni el que vivo. Es el país que se ha montado esta piara de figurantes y tiralevitas. Yo vivo entre gente honrada (habrá excepciones, claro). Gente corriente, es decir, que no la mueve ni persigue espurios objetivos. Gente que no merece los políticos huéspedes que soporta. Aún así, no quiero que la libreta eléctrica se empape de tanta bazofia y mondongo como generan estos palurdos que tenemos por castigo. Así que, por sacar de este ambiente mi libreta eléctrica, voy a escribir un cuento un tanto especial. Solo para adultos.

Voy contaros un picante sucedido
que por cierto y por verdad me se contó
escuchar que os llegue a los oídos
lo que al güeno de Indalecio le pasó

Caminaba tan contento y distraído
por los montes de la tierra onde nació
cuando en medio de un solitario camino
una mu flamante boina se encontró

De cuando estaba allí la boina
naide supo dar razón
naide preguntó por ella
ni lo acusó de ladrón

Ni corto ni perezoso cogió la boina Indalecio
y viendo que era su talla allí mismo la estrenó
parecióle más que bien el bajo precio
y con la boina calada pal pueblo se encaminó

Poseía la tal boina la increíble cualidad
de poner a hervir la líbido del que a mirarla alcanzaba
fuese hembra o fuese macho, ser humano o animal
el apetito sexual la boina les despertaba

Llegó el Indalecio al pueblo
cuando el sol más calentaba
se fue a charlar con Basilia
como siempre acostumbraba

Allá entró por los corrales
buscando la sombra fresca
onde Basilia y Tomasa
le estaban dando a la lengua

Las buenas les dio Indalecio
a Basilia y a Tomasa
preguntó por los maridos
y por todos los de casa

Arrimose el Indalecio
pa disfrutar de la charla
acomodose en el corro
a la sombra de la parra

Mirar lo que traigo puesto
que la acabo de encontrar
estaba allí en la parcela
y nuevecica a estrenar

Las dos paisanas a una
le echaron vista a la boina
y a partir de este momento
cambió del todo la historia

Pusiéronse ambas verriondas
con la sangre en un hervor
y en menos que canta un gallo
la ropa toda sobró

Se espatarró la Basilia
que ya más no se pudiera
sin correr riesgo mortal
de descoyuntar las piernas

Chorreando de sudor
quitó la boina Indalecio
y al colgarla de la parra
la boina extendió su efecto

Formose allí un revoltijo
de partes blandas y duras
de carnes un amasijo
de sudorosas gorduras

Cuando mejor lo pasaban
entró el cura en el corral
el ama lo acompañaba
en su ronda semanal

Los ojos se restregaron
mirando escandalizados
y al demonio le achacaron
aquel horrible pecado

Entonces fue cuando el cura
miró la boina colgada
se arremangó la sotana
y se lanzó a la pomada

El ama se hacía mil cruces
ante semejante orgía
si no encontraba remedio
cuatro almas se perdían

Pensó que la solución
sería tocar las campanas
tocando a fuego sin duelo
pa buscar quien lo apagara

Pero miró pa la boina
y en vez de tocar campanas
agarrose del badajo
debajo de la sotana

Y no paró aquí la historia
pues más gente iba llegando
que por causa de la boina
al corro se iba sumando

Olvidáronse rencores
las rencillas y disputas
mezcláronse los sudores
realizando mil permutas

El que desveló el asunto
nunca se supo quién
siendo en el pueblo cincuenta
llegó a contar hasta cien

Cuando ya las partes duras
perdieron el su vigor
y lo que antes fue gusto
tornábase en escozor

Dieron fin a la faena
buscando entre los montones
camisas y pantalones
y hasta mañana mu güenas

La boina del Indalecio
nunca más apareció
pérdida tan desgraciada
más de uno la lloró

Así me se contó a mí
lo que acabas de escuchar
y si no aparece la boina
nunca más vuelve a pasar.

Haya salud y suerte.