MENTIRAS

LA TELE 2. MENTIRAS
Como aquí sigue la nieve cubriéndolo todo y por la obra ni nos acercamos, voy a seguir con el asunto de la tele que empecé días atrás. Con todo eso que he visto y escuchado en la tele esos tres días. Con todo ese bonito mundo de gente guapa que venden, y que yo no veo en las calles.
¿Por qué hablan, aseguran y sentencian lo que pensamos y creemos, y nos llaman la “gente normal de la calle”? Si nosotros somos la gente normal de la calle, ellos ¿qué son? ¿La “gente anormal de la tele”?
¿Por qué salen esos cuerpos estupendos ofreciendo maravillosas máquinas para enguapecer a los gordos? ¿Será que si utilizas esas máquinas te pones guapo y de carnes prietas y todo el mundo te sonríe y quiere cenar contigo?
¿Por qué esas actrices glamurosas enseñando sus cremas secretas a las viejas y arrugadas televidentes? ¿Podría mi abuela, echándose estas cremas, salir de fiesta conmigo y pasar por ser mi hermana?
¿Por qué jovencitas frescas y lozanas aconsejando hábitos, conductas y productos para cagar bien y a las horas? ¿Es que tomando esos potingues, además de cagar, te pones así de guapa?
¿Por qué amas de casa ideales, con familia y pasteleo, revelando cual es el detergente ideal para andar limpio y suave? ¿Es que si no lavas con ese detergente tendrás una familia miserable, unos hijos bien feos y un marido borracho?
¿Por qué sale ese joven deportista famoso, honesto, serio, honrado a carta cabal, solidario, un modelo para la juventud, diciendo que si compras este coche tu vida será maravillosa y te cambia hasta la suegra? ¿Será que anda mal de dinero y tiene que decir lo que le manden? ¿O será verdad que si te compras el coche empezarás a parecerte a él, a triunfar y las letras se pagarán solas?
¿Por qué sale ese muchachote con ese cuerpo, que ya lo quisiera para sí el David de Miguel Ángel, invitándonos a una coca cola o cervecita? ¿Quedaré yo igual de atractivo y sugerente si me los bebo?
Podría estar otros tres días haciéndome preguntas. Y todo esto, ¿por qué? Porque en la tele dicen mentiras. Que así es como se ha llamado toda la vida. MEN-TI-RAS.
Nos llaman, “gente normal de la calle”, “el pueblo llano”. Esos debemos de ser los que no salimos en la tele, los que no tenemos voz, ni medio de hacerla oír
“La gente anormal de la tele”. No son todos, claro. Siempre hay alguna persona que, no siendo anormal, es lo suficientemente estúpida como para vivir entre ellos y que no se le note desde fuera. Aquí, en la obra, estamos todos de acuerdo, y en toda la comarca. Porque nosotros, para no ser menos, hemos hecho una encuesta, como las que hacen en la tele, y ha habido unanimidad.
El noventa por ciento de los habitantes/ciudadanos que pueblan esta comarca, asegura que los de la tele son gente anormal. Un cinco por ciento dice querer ser como ellos y el cinco restante no sabe lo que es la tele.
Un cincuenta por ciento, asegura que lo que piensa y siente nunca se dice en la tele. Nunca ha sido su mayor preocupación, ni el paro, ni el terrorismo, ni el hambre, ni el enfrentamiento político. A la pregunta de ¿cuál es su mayor preocupación? Casi todas las respuestas aluden a cuestiones de ámbito familiar y local. Nada de paro, ni terrorismo, ni gaitas. Un treinta por ciento solo se preocupa si no gana el Madrid. El diez por ciento restante contesta cada vez una cosa distinta.
Un ochenta y tres por ciento dice haber “picado” con las famosas maquinitas, las desintegradoras de grasas, y no haber conseguido nada. Al cuarenta por ciento les estorba en cualquier sitio que la coloquen. Otro cuarenta por ciento la utiliza para colgar a secar calcetines, bragas, calzoncillos y otras prendas de poca entidad. El tres por ciento no la han desembalado, la tienen debajo de la cama. Un diecisiete por ciento sufrió tirones, torzones y rozaduras en los primeros tres días de uso. Todos se sienten estafados y no entienden como se puede permitir semejante engaño “por la tele”. Esa tele en la que siempre salen unas personas muy guapas y educadas, sonriendo con unos dientes impecables por entre los que se les escapan a borbotones las palabras honestidad y profesionalidad.
El setenta por ciento de las mujeres reconoce usar esas cremitas milagrosas que aconsejan las modelos y actrices de la tele, pero dicen que no han rejuvenecido ni un cuarto de hora. Algunas dicen que todo lo que rejuvenecieron fue el volver a tener los granos de cuando tenían quince años. Las arrugas no se marchan ni con la plancha pero el efecto tensor les hace sonreír hasta en los entierros. Además no hay horas en el día para embadurnarse con todas las necesarias. Una crema hidratante, nutritiva y reparadora, una anti arrugas selladora para cerrar el poro, una anti oxidante, otra tonificante, anti edad también, un contorno de ojos que alise, tonifique y aporte elasticidad, además crema exfoliante y mascarilla regeneradora, y con esta cara tan divina, no pega nada este culo, así es que es necesario un anti celulítico reductor de efecto lija. Un diez por ciento dicen fabricarse las cremas ellas mismas. El veinte por ciento dicen que agua y jabón.
A la cuestión de si cagan bien o cagan mal, el cincuenta por ciento se niega a responder. Un cuarenta por ciento no ve relación entre cagar bien y estar guapa, y algunos recuerdan haber estado varios días con diarrea y seguían tan feos como antes. Un veinticinco por ciento ha probado estos productos, pero no ha sido capaz de terminarlos. Un diez por ciento se han cagado en nuestra madre.
Un setenta por ciento reconoce usar el detergente más barato de los que hay en la tienda y tener una familia que ni es familia ni es nada, pero que una vez cambiaron de marca, por una de esas de la tele, y que su familia no mejoró nada de nada, y a su marido le rascaban las toallas. Un diez por ciento no usa detergentes de la tele porque son dañinos y no quieren decirnos qué usan. Un trece por ciento lleva la ropa a lavar a casa de su madre y no sabían que a la lavadora hubiera que echarle nada. Un cinco por ciento lo lava todo a mano con jabón lagarto. Un dos por ciento no lava.
Un cincuenta por ciento reconoce haber comprado el coche por culpa de algún anuncio pero ya no se acuerda de lo que decía, ni le ha ido mejor la vida, ni le han ascendido. Con la suegra se lleva peor que antes, y encima tiene que ir siempre delante. Un cuarenta por ciento nos reconoce, confidencialmente, que el coche que tiene es más grande y potente que el que tiene su vecino y por eso lo compró. Las letras también son más grandes y potentes que las del vecino, y por eso lo vende. Un cinco por ciento dicen que no comprarían ni locos un coche que anuncie ese gilipollas. Solo un dos por ciento reconoce haber comprado el coche grande porque tiene el pito pequeño. El tres por ciento tiene el coche en el taller y no quieren ni oír hablar del tema.
El cincuenta por ciento dice que ha bebido esos refrescos y cervezas y que, efectivamente, el cuerpo les cambió radicalmente. Echaron una barriga que no entran por las puertas. Ahora, algunos, no pueden ni probarlos, prescripción facultativa, tenían tantos gases que se levantaban del suelo Un treinta por ciento los bebe solo como acompañamiento en los cuba libres y dice que así hacen menos daño, porque el alcohol les mata el gas. El veinte por ciento asegura que ellos no estropean la bebida con esas mariconadas.
Así hemos comprobado, como ya sospechábamos, que la tele no dice más que mentiras. Que lo que pensamos, sentimos, sufrimos y soñamos la gente normal de la calle, no es para nada lo que dan por sentado estos “profesionales” de pacotilla. Que, desde la tele, nos enseñan poco y a deshora. Que, todos ellos, con sus conocimientos, diplomas, y profesionalidad, se olvidan de ser personas cabales, para vendernos un mundo de memos, que aquello de lo que alardean, es su mayor defecto.
Yo, terminado el maratón, le he dado la vuelta a le tele, la he puesto mirando para la pared. Queda bonita con un florero encima y sin dar la tabarra. No la puedo tirar, porque ahora con esto del reciclaje y la selección de residuos, aquí, donde yo vivo, no hay forma de deshacerse, ni lugar en el que arrojar estos trastos si no te desplazas cuarenta quilómetros, por tu cuenta, y con furgoneta para llevarlos. Aunque en la tele salga un político mentiroso y diga que sí, que es maravilloso como reciclamos, seleccionamos y colaboramos con el medio ambiente y que tenemos a nuestra disposición los medios necesarios, yo digo que no, que es un mentiroso miserable, que aquí estamos peor que antes, pero pagamos el recibo como si fuera verdad lo que él dice. Yo voy a terminar aquí esta historieta porque, hablando de tele y políticos, me cuesta mucho mantener la serenidad y el buen vocabulario que tanto nos gusta.

3 pensamientos en “MENTIRAS

  1. Sin duda la mejor estadística, la más divertida, la más sincera que he leído en mi vida. Gracias de nuevo por compartir con nosotros, en nuestro caso con toda la familia, tus mordaces y divertidas observaciones.
    Feliz año

  2. De nuevo estoy de acuerdo. En casa hace tiempo que tenemos la tele de cara a la pared, además de por las mentiras que mencionas, por el sufrimiento innecesario que nos causa a quienes tenemos el sentido del ridículo tan acentuado con tanta vergüenza ajena como nos produce.
    Da igual el canal que elijas, como dice Quino, en todas hay televisión y una gran pelea por no caer en las garras de la inteligencia.

  3. Yo no voy a decir que haya pasado las mejores Navidades de mi vida, pero mi hermano tuvo el firme proósito de no dejar a nadie encender la tele para ver los típicos-tópicos programas de Noche Buena, Noche-Vieja y similares, ni los niños pudieron acercarse a ella, y ¿sabes una cosa? todo nos fue bastante mejor de lo previsto.
    Me ha encantado el artículo, acidez y crítica a tener en cuenta.

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