EL DENTISTA

EL DENTISTA
Parece que al fin la nieve se va y la obra sigue allí, donde estaba, fría y sucia, esperándonos. Se nos acaba este tiempo de ocio y vagabundeo que tan bien se nos da, y tendremos que volver a esa otra rutina del imprevisto. La obra sigue esperándonos y a veces me parece que ya tengo ganas de volver con Fery y Doc al tajo. Pero solo me parece. Porque lo hemos hablado, y también se puede filosofar, cambiar pareceres y aprender unos de otros sin pisar por la obra. Podríamos hacerlo por los bares, que es desde donde los españoles hemos hecho vida, filosofía e historia durante siglos. Estaríamos más calentitos. No vamos a quejarnos, aunque la nieve nos haya complicado un poco la vida en lo económico, nos ha venido de perlas en lo que a salud y disfrute se refiere.
Yo no he tenido tanta suerte en eso de la salud porque, por si acaso la navidad se presentaba ociosa y relajante, ya me busqué yo un buen dolor de muelas, con su infección y su flemón y todo. Llevo ocho días con un carrillo como el de Porky y un ojo medio cerrado. Comiendo caldos y purés, despreciando los manjares y el navideño festín que otros, sentados a mi vera, se dan a diario. Pero nada de esto me duele. Lo que me duele es la muela. Tengo hora con el dentista para hoy mismo y eso es peor que la obra.
Los adultos, la gente mayor, se pasan la vida inventando malvados personajes, monstruos y brujas con los que asustar y mantener a raya a los más pequeños de la casa. Alguien con quien poder amenazar a los rapazuelos por si acaso alguno se desmandara más de lo aconsejable. Yo, cuando era un tierno infante, no recuerdo haberme sentido demasiado amenazado por ninguno de ellos. Ni el coco que te come si no te duermes. Ni el ogro del pantano que te come si no obedeces. Ni el saca mantecas que se traga, sin masticar, a los niños que no hacen bien las cuentas. Ni el hombre del saco que se lleva los niños respondones. Ni el degollador de niños que saltan encima de las camas. Si me come un tipo de estos, ya puede andarse con cuidado de dónde deja los huesos, porque mi madre lo mata a escobazos como deje alguna porquería por casa. Nada, no recuerdo que ninguno de ellos me hiciera sentir ni una décima parte del pánico cerval que me produce “el dentista”.
El dentista. Eso sí que es para asustarse de verdad. Le tenía miedo de pequeño y se lo sigo teniendo hoy. Asusta a pequeños y mayores. Yo tengo hoy hora con el dentista, pero ya no soy persona desde ayer. Ando como nervioso, desconfiado, como las cebras cuando avientan leonas en las cercanías. No tengo apetito y envidio a cualquiera que me encuentro, porque él no tiene que ir al dentista. Cuando llega el momento, llamo al timbre siempre con la esperanza de que hoy, el señor dentista, no haya acudido a su trabajo, no me importa la razón, ni si se despeñó con su coche por un barranco, pero que no me contesten al timbre. Contestan, y tengo que subir. Me desdoblo, que dicen los siquiatras, una parte de mí se encarga de subir, a la otra, hasta la consulta. Sí, todos muy amables, todo muy limpio, la música divina y preciosas revistas para leer, pero yo no tengo ganas de leer, no me apetece escuchar música ¿sabéis? Si quisiera leer y escuchar música, ¡Jamás!, se me ocurriría venir aquí. ¿Cómo puede ser que una persona tan educada y agradable, una buena persona pareces y todo, y hagas tanto daño a las gentes? ¿Señor dentista, no habrá alguna droga o anestesia para que yo no me entere de nada? Podrían administrarla en el portal. Unos disimulados respiraderos y ala, a dormir en la moqueta hasta que me toque. Y nos ahorramos así este calvario que yo me traigo.

Entro en la consulta andando hacia atrás, por si acaso en el último momento me decido a salir corriendo. Me siento en ese sillón de astronauta, tan apetecible si no estuviera en la consulta de un dentista, y me encomiendo a todos esos santos, de los que solo me acuerdo aquí, antes de abrir la boca y disponerme a babear un buen rato.
-Esto tiene muy mala pinta. No sé, no sé-. Dice el señor dentista.
-Ah, pues nada, lo dejamos para otro día si le parece-. Digo yo, con la poca esperanza que me queda. Pero no cuela.
Tampoco creo que cuele hoy. Espero que todo vaya bien, que no haya nada que contar. Para no tener que escribir, mañana, una bonita historia, con mucho sentido del humor, sobre la visita al dentista de hoy.

2 pensamientos en “EL DENTISTA

  1. Qué bueno ver la libreta eléctrica con otra ráfaga de entradas.
    Casi me siento culpable de disfrutar tanto leyendo sobre tus penas.

  2. Y con ese calvario de muela ¿nos podrías decir cómo ha terminado tu periplo? ¿Te la han quitado, la llevas aún encima, sigues manteniendo buen trato con esa profesión?
    Yo necesitaba un final (preferiblemente feliz) y me ha dejado como en las películas que tienen segunda parte: a la espera de…

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