EL TIMADOR

EL TIMADOR
Hoy en la obra hemos tenido una buena charla. La cosa fue subiendo de tono y alguna palabra se oyó que no se corresponde con ese carácter correcto y educativo que tanto nos gusta. Hay temas espinosos que, a veces, se resuelven mejor y más deprisa si sueltas algún improperio. De comerciales, hablamos. Ahora se les llama así, porque cada vez quedamos menos personas de las de antes, cada vez se nos oye menos, y lo que decimos y pensamos está peor visto por todo este rebaño de bien pensantes y obedientes ovejas, por esta sociedad del bien estar, del pensamiento único y políticamente correcto. Cada vez está peor visto pensar por cuenta propia y llamarle a las cosas por su nombre.
Ahora le llaman comercial, o sea, un vendedor. Seguramente sus padres son personas normales y corrientes que se afanaron para dar a su hijo una educación y principios, aunque él los haya olvidado todos. Seguramente, él, haya trabajado duro para hacerse un sitio en este mundo lleno de ciudadanía, de convivencia, de respeto y de burros. Seguramente la empresa a la que sirve le dio esa impecable formación comercial que reparte, esa agresividad constructiva, esa mentalidad ganadora, ese afán de superación y ese corazón de Orco.
Nosotros, aquí en la obra, le llamamos timador, mal nacido, embustero, bellaco, miserable, engaña viejas, fullero, bribón, estafador y cabrón. Porque ya estamos un poco artos de que aparezcan por aquí con su bonito traje, llamando a la puerta de otras madres como la suya, que se aprovechen, de la buena educación y bondad de las gentes, y entren en sus casas regalando esa sonrisa de ángel tras la que ocultan sus intenciones de alimaña. Ya estamos un poco artos, porque entran en las casas y dicen mentiras. Porque, siguiendo las directrices de alguna empresa ruin y avara, engañan a los ancianos, a las viudas y a todo aquel que los acoge, en su casa, con sencillez y paisanaje. Algo desconocido en el mundo de mamelucos en que ellos se mueven.
Dicen—Tranquila señora, que no vengo a venderle nada. Solo vengo a regalar. Un maravilloso producto. Para usted. Regalado. Le ha tocado, y sin comprar nada. Usted déjeme entrar y yo le explico. Una firmita de nada y listo. Suyo para siempre. ¿Qué le parece? ¿A que es maravilloso?
Entran en casa, le dan cuerda a la buena señora, le hablan de lo dura que está la vida. Lo mucho que todo ha cambiado desde que ella hizo la primera comunión. De que él también tiene dos niñas preciosas (que no saben que su padre es un desgraciado timador). De que un hermano de su padre también se fue para la Argentina. La gente, que ya no es como la de antes (él, es prueba de ello). Los inviernos, que ni son inviernos ni son nada. Hablan y escuchan anécdotas, aventuras, y dan la razón a todo lo que la señora tenga a bien decir. Crean un vínculo, lo más afectivo posible, con la buena señora. Se toman el rico café con pastas que ella prepara. Porque la señora también tiene hijos buscándose la vida por esos mundos de Dios, y le gustaría que, también a ellos, alguien les preparara un rico café allá donde se encuentren, que les haga la vida más llevadera, que no cuesta nada ser amable. Entre unas y otras, le muestran el enorme catálogo de regalos, “todos gratis”, en el que han de escoger aquellos, porque son más de uno, que más le gusten.
-¿Pero todo esto sin comprar nada? Pregunta perpleja, por octava vez, la buena señora.
-¡Pues claro! Responde el timador. -Esto se lo regala a usted la casa, por guapa.
La señora sabe que no es guapa, pero el muchacho es tan agradable, se parece tanto a Tinín, el nieto. Más café. Más charla. Más catálogo.
Tres horas más tarde, cuando ya son prácticamente de la familia, cuando ya la señora le ha dicho que tiene que volver a merendar un sábado, ya sin trabajo, con la mujer y las dos niñitas preciosas, es cuando el timador suelta la verdad. Es solo una comprita simbólica. Cuatro perras. Por guardar las apariencias. Ni a los gastos del porte llega. Aunque, claro, si usted quiere, y solo por ser usted, porque me recuerda a mi madre, tengo aquí una oferta, solo para familiares, que se la puedo adjudicar a usted. Solo como algo especial. Porque me recuerda a mi madre. Porque esto no se puede hacer. Que es solo para clientes de categoría VIP que se hayan gastado más de tres mil euros en el último trimestre. Sin embargo yo voy a hacer aquí una trampita, porque me recuerda a mi madre, para que usted pueda aprovecharse de este CHOLLAZO señora. Cuando dice esta palabra, CHOLLAZO, por entre los dientes se le escapa una baba verde y los ojos se le ponen del tamaño de los de una vaca. Porque empieza a darse cuenta de que la señora es incapaz de defraudarlo. Que se cree cada palabra que él le dice y no puede concebir que la esté engañando siendo casi de la familia, recordándole tanto a su madre. Que se siente obligada con ese muchacho agradable, padre de dos niñas preciosas, charlatán, dicharachero y que tanto le recuerda a Tinín. Que se siente incapaz de echarlo de su casa a patadas por hacerle perder la tarde, por beberse su café y comerse sus pastas, por decir que no vendía nada. Por mentiroso.
Cuando el desgraciado se va, deja atrás una buena señora abrumada con más de diez regalos, extraordinarios, valorados en más de dos mil quinientos euros, que mañana le serán entregados a domicilio y sin coste alguno por su parte. Y todo como obsequio por haberse comprado la más maravillosa, completa, exhaustiva, didáctica, actualizada y de edición limitada, solo para coleccionistas, de la ENCICLOPEDIA INGLESA DE LAS MIGRACIONES Y APAREAMIENTO DEL PEZ MARTILLO EN AGUAS INTERNACIONALES. Además, sin coste alguno, LA BIOGRAFÍA ILUSTRADA DE MARTÍN EL HOJALATERO. Abrumada por no haber sabido decir que no al fullero. Abrumada por añadir dos mil euros más, en cómodas letras mensuales de cuarenta y cinco euros, de gastos a su ya miserable pensión. Abrumada, porque mañana tendrá el salón de su casa atiborrado. Con una sartén antiadherente fabricada con las mismas aleaciones que el trasbordador de la Nasa. Una cafetera exprés italiana con quince funciones y mando a distancia diseñado todo por Piero Gandula. Una plancha antiadherente también con programador y termostato de lectura analógica. Un juego de ollas, unas a presión y otras sin ella. Una vajilla de porcelana fina troquelada y decorada con motivos florales. Una cubertería de acero bañado en agua con sal con incrustaciones de huevo frito. Una batidora de batería recargable con adaptador para el mechero del coche. Un juego de rodamientos para carretilla cargadora. Un reloj de caballero con cronómetro, segundero y medidor de profundidad marina hasta quinientos metros. Un reloj de señora con calendario y avisador luminoso de “algo se está quemando. Una aspiradora modelo escobón con filtro anti polen y colgador para galochas. Un sillón de masaje lumbar con butaca apoya pies y mando a distancia con botonera no apta para dedos artríticos. Todo en el salón de su casa y gratis. Todo como regalo. Y todo regalo es poco si tenemos en cuenta la enciclopedia de la que estamos hablando. Abrumada, por todas esas cosas que tiene y que nunca había pensado comprar.
Él se va contento, calculando porcentajes, márgenes, comisiones. Planeando tal vez ese fin de semana en el que vendrá a merendar, con su mujer y sus dos preciosas hijas. Porque estos especímenes son así de impresentables.
Ahora lo llaman comercial. Nosotros no. Aquí, en el pueblo, queremos pensar que hay más gente como nosotros, que es mejor abrir la puerta, dejar que pasen y ofrecerles un café. Aunque a veces se nos cuele algún cabrón. Es mejor que dejar de ser paisanos y no abrirle la puerta a nadie. Al final, dejaremos morirse en el felpudo al hijo de la vecina.
Hoy ha sido una suerte que ninguno de esos, “comerciales”, anduviera por el pueblo. Una suerte para él, porque no estaba el horno para bollos.

Un pensamiento en “EL TIMADOR

  1. ¿Y al pobre Tinín le servirá para algo la Enciclopedia? Porque me temo que de la sartén y el aspirador aún se pueda sacar algo de ellos pero de la compra de la Enciclopedia …, me veo a la buena mujer limpiándole como mucho el polvo.
    Yo ahora no veo estas ventas a domicilio pero sí cuando era más pequeña, la plancha encendida y el señor de la puerta que no se iba ni con agua hirviendo, le daba tiempo a las lentejas a cocerse y aquél elemento bla-bla, bla-bla, sin descanso.

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