LA OLIMPIADA

LA OLIMPIADA
Eso es lo que ha sido hoy la obra, una olimpiada. Vaya día. Otro imprevisto, otro acontecimiento fuera de guión. ¡Otro chollo!
Hoy ha sido Doc, y la fatalidad, y la casualidad, y lo de siempre en la obra. La cosa marchaba como la seda, los primeros veinte minutos, luego ya se nos desgobernó y la seda se nos volvió arpillera. Es la vida en una obra, construir tabiques, levantar paredes, tirar paredes, reformar, enlucir, y siempre, en cualquier tipo de aparejo, llenarlo de golpes y de un sinfín de agujeros, todos ellos necesarios, para ocultar, sujetar o embutir, lo que sea.
Hacer agujeros no es asunto banal, no lo puede hacer cualquier pinche o aprendiz, no señor. Hacer agujeros es tarea importante. Andar por la obra con una taladradora en las manos, agujerando aquí y allá, es señal de mando y señorío, es prueba de que tus conocimientos y buen hacer te proporcionan la confianza del resto del personal para pasearte con paso firme y autoridad. Hay que estar muy preparado, y seguro de uno mismo, para llegar a una obra y ponerse a hacer agujeros con una taladradora sin más, porque no se hacen agujeros de cualquier manera, no hijos. El agujero no se hace, se deshace, no es un ente sino la falta de él, Hacer un agujero es enfrentarse con lo desconocido y una sensación de incertidumbre recorre tu espina dorsal porque, el agujero, es un espacio vacío por el que, según dónde se haga, puede salir cualquier cosa.
En eso estaba Doc. Haciendo agujeros con una potente taladradora mientras nosotros, confiados, estábamos a lo nuestro. Cuando se está en una obra, concentrado en el trabajo, uno se acostumbra a sentir a su alrededor los ruidos y trasteos de los que la comparten y a identificar ciertos gruñidos, resoplidos y carraspeos, como señales inequívocas de cada faena. Por eso, cuando entre el ruido de una taladradora se oye decir a Doc.
-¡Adiós! Ya la jodí.
Todo el mundo allí sabe que le ha hecho un agujero a la tubería del agua.
-¡Cerrar el agua! ¡Cerrar el agua!
Y aquí es donde empieza la olimpiada. Fery se marca los treinta y cinco metros “vallas” en busca de la arqueta del agua pero, en su camino, es atacado por un reptil rastrero, de mordedura letal, que habita en las obras, el cable de la lámpara portátil. Nos quedamos sin la luz portátil. Hay que apañarse con la poca que nos da la bombilla del pasillo. Mientras Fery se afana por liberarse y seguir su carrera, Doc practica la lucha grecorromana con la pared para taponar, sin conseguirlo del todo, el chorro de agua que, por extraño designio, está cayendo justo, justo, en la caja de fusibles. Yo, bajo la lluvia, la halterofilia, que me tengo que llevar la mesa, toda de una vez por entre cascotes, zanjas y otros artefactos de obra, en la que estaba mezclando unos líquidos y sustancias resinosas que, lo pone bien clarito en el envase, no pueden ni acercarse al agua. Pongo la mesa a salvo, pero no puedo evitar llevarme enganchado a sus patas el cable de la puta taladradora que lo ha ocasionado todo, y perdóneseme el lenguaje pero es que, en estos casos, la cultura no ayuda mucho. Bueno, me llevo el cable a rastras y la taladradora cae del andamio. ¿Dónde? En la cesta de goma que Fery tenía llenita del agua necesaria, e imprescindible, para realizar la tarea en la que se iba a ocupar antes de que empezara todo este carnaval. Como la taladradora sigue enchufada, al entrar en contacto con el agua, se dispara el relé diferencial de protección. (que no protegió nada porque, como más tarde pudimos comprobar, la taladradora quedó calcinada). Estamos sin luz artificial. Hay que apañarse con la poca que entra por las ventanas. Apañarse, y nunca mejor dicho, porque alguien tendrá que apañar los líquidos y resinas con los que yo estaba trabajando, antes, cuando la mañana parecía hermosa y todo iba como la seda, porque me he ido al suelo de morros enganchado en el cable de la puta TA-LA-DRA-DO-RA. Bueno, parece que Fery ha conseguido liberarse y ya tiene la llave de paso del agua en la mano, tira de ella, y la rompe, porque yo lo vi bien claro que la rompió aunque él dice,- Hostias, “se” rompió, como si se hubiera roto sola. Ahora me toca a mí el relevo y me largo como una exhalación, a practicar a la calle campo a través en busca de la arqueta de acometida. Llego a ella, flexiono mi atlético cuerpo, descubro la arqueta, alargo mis poderosos brazos y, con majestuosidad y pompa, doy inicio a la ceremonia de clausura de esta olimpiada, cierro el agua.
Vuelvo adentro, al pabellón de deportes en que se convirtió la obra. Doc está practicando las barras paralelas, casi a oscuras, para bajarse del andamio pero, como viste siempre esas fundas de trabajo un par de tallas más grandes, se engancha, da un triple tropezón mortal, hacia atrás, con tirabuzón y llega al suelo en calzoncillos. Fery y yo nos morimos de la risa mientras Doc saluda, con los brazos en cruz, en todas direcciones, como el mejor de los gimnastas y no nos queda más remedio que mostrar las tablillas para concederle una puntuación de diez sobre diez.
Yo, esto de la obra, no sé dónde va a ir a parar. A ver si dejan de pasar cosas y puedo, al fin, escribir un rato alguno de esos relatos que tanto me gustan.

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