EL SALÓN DE BAILE

EL SALÓN DE BAILE
Sería difícil explicar, al señor inspector, cómo es que, a pesar del flamante cartel que adorna la puerta de nuestra obra y que dice: “Prohibida la entrada a toda persona ajena a la obra”, además de unas cuantas recomendaciones sobre el atuendo necesario para transitar por ella. ¡Cómo!, a pesar de tan bonito cartel, estamos quince personas aquí dentro, mujeres y hombres, sin medidas de seguridad, cada uno con la ropa que le da la gana, sin casco, aunque algunos llevan boina, todos alrededor de un “chambombo” bien calentito en el que se están asando unas costillitas, chorizos, setas y panceta. Tenemos también cuatro botellitas de vino y dos de orujo, castañas, un bote de pimientos, dos cebollas, una hogaza de pan, un brazo de gitano, café y una baraja. Y algún lince se ha traído un puñado de Farias.
¿Cómo? No sabría decir cómo, pero aquí estamos, de boda.
Todo empezó a eso de las diez. Nosotros operábamos por la obra con diligencia y según lo previsto, que en la obra ya sabemos todos que previsto, lo que es previsto, es muy poco. Mientras, a sesenta kilómetros al este del lugar, una mujer daba a luz un precioso bebé, un jato, según palabras de su abuelo, de tres ochocientos. El abuelo en cuestión, que es el culpable primero de esta “cumbia” de obra que tenemos hoy, de nombre… no voy a dar nombres, no vaya a ser que algún trepa listillo, algún pesebrero desocupado, tenga un ataque de protagonismo, abra un expediente y acabemos todos explicándole a un juez que no hubo, ni premeditación, ni alevosía, ni ánimo de delinquir aunque las pruebas así parecen indicarlo. No señor, no voy a dar nombres.
El abuelo se presentó en la obra, dio los buenos días y nosotros le contestamos, con educación, como es nuestra costumbre. Suele pasarse por aquí cada día, de inspección, como muchos otros, a charlar un rato de cualquier cosa, darnos alguna lección de historia de la arquitectura rural de presupuesto precario, contar un chiste, una actividad más de su paseo diario. Pero hoy venía mucho más contento.
-Ya tengo otro nieto, a las diez nació, ahora mismo hablé con el hijo, un jato de tres ochocientos, la madre bien, así que, vos convido. Ya viene pa cá mi cuñao y la paisana y preparamos aquí una que…
Muchos otros, como cada día, fueron llegando y marchando, y volviendo con carga, y en menos de lo que tardo en contarlo se aplazó, lo previsto, para el día siguiente, se apartaron estorbos, apareció mesa y mantel, se hizo lumbre, se convirtió el día en fiesta de guardar y si hubiéramos querido cura, misa, y procesión con orquesta, allí estarían.
Y diga lo que diga el cartel de la puerta, no se puede, con una conducta puntillosa y tiquismiquis, quedar como un marrano delante de gente sencilla que solo viene a compartir alegría y viandas. Dicen algunos y algunas por aquí que así es como hay que ser, que ese es el ánimo que ellos traen, y hay que ser paisano, y saber estar, y no como otros, que solo vienen por la obra a ver si encuentran algo fuera de sitio, para descargar sus frustraciones maritales y esa amargura en la que viven y sentir que son alguien importante, que su palabra y ordenes están respaldadas por la legislación vigente, y que te van a multar pero solo por tu bien y velando por tu bienestar porque tú eres imbécil y no sabes velar bien, que su función en este mundo es cosa principal, beneficiosa y digna de alabanza, aunque en su casa todos sepan que no es nada más que un calzonazos de mierda y que, cuando entra por la puerta, ni el perro sale a saludarlo, y que a ver cómo se va a poner el casco con esos cuernos que gasta, y que si está amargado que se tire por un puente y deje de joder, que aquí estamos celebrando el nacimiento de un rapaz aunque el suyo seguro que no lo celebró nadie, y que no ha habido otro como Alfredo Diestéfano.
Y aquí estamos, Fery, Doc y yo, agasajados, platicando con unos y con otros, contando y escuchando historias y chascarrillos, resolviendo, entre todos, cualquiera que sea el problema, duda o preocupación que se pone sobre la mesa.
Yo estoy comiendo castañas asadas y viendo que la cosa se nos va de las manos. Que uno ya fue y volvió a casa, como un cohete, a por el acordeón. Está subido en el andamio y dice que se admiten peticiones y dedicatorias, y ya empiezan a cantar. También tenemos liada una partida, una subasta que llaman aquí, cuatro que están dándose voces y llamándose unas cosas que si no estuviera la baraja de por medio, alguno acababa en la mesa del forense. Las fuerzas están, más o menos, niveladas, tanto en lo político, como en lo deportivo. Cuatro son del Barcelona y cinco del Madrid, hay uno del Bilbao, un nostálgico y otro, el sufridor le llaman, del Atlético. Una de las mujeres es del Hércules y cuando lo dice se callan hasta los de la partida, y aquí eso no lo entiende nadie.
Sigue llegando gente, venga enhorabuenas, venga trago. -Pues nada, que haya salud pa criarlo, -Eso es lo principal. -Pero arrastra, burro, arrastra, no ves que tiene el tres pelao. – Eso, salud y que no te salga drogadicto. –Anda animal, que tú ya vas bueno. -¿Burro yo? Si tú no sabes ni contar con los dedos. –Echa aquí otro gotín. -¿Quién quiere un helao? -Hostias, vaya canción bonita, esa sí, toca, toca.
Esto no es una obra, muchachos, esto es un salón de baile y aún no han dado las dos de la tarde.

2 pensamientos en “EL SALÓN DE BAILE

  1. En toda obra que se precie deberían de poner un abuelo como este, y no porque interrumpa la faena, sino porque unas veces traen la alegría de nuevo nieto, otras los comentarios y razonamientos de quien se sabe con experiencia y, cuando no, un par de cositas para el tentempié de la mañana, que es de agradecer

  2. Preciosa página llena de vida improvisada lejos de esa otra que intentan imponer los leguleyos y esos medios de comunicación que son también de uniformización… Gracias por compartirla.

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