D. J. FERY

D. J. FERY
Estamos aquí en la obra, al sol, clavando puntas.
Yo no veo la tele, Doc tampoco y Fery solo vive para la música. Lo sabe todo. A mí me asombra esa facilidad que tiene para retener en su cabeza los nombres de tantos músicos y grupos como maneja, los títulos de un millón de canciones. Siempre aparece con una versión desconocida, con alguna rareza musical entre los miles de discos que adornan su casa. Una discoteca móvil, de esas que amenizan algunas fiestas menores de nuestra geografía, no dispone de tantos discos como lleva Fery en su furgoneta. Montones de cedés con un título rotulado que no corresponde al contenido, si no a lo primero que se le pasa por la cabeza cuando los graba. ¿Cómo puede saber lo que contiene un disco, entre mil, grabado hace cuatro años, en el que aparece rotulada la palabra CIRIGUEÑA? ¿Cómo? Pues lo sabe. Sabe lo que contiene, en qué orden, la duración, cuándo lo grabo, tiene tres copias, una en el cajón de la tele, y si quiero una, después de comer me la graba y me la trae, calentita, lista para girar.
En su juventud, porque Fery ya no es lo que se dice un chaval, tocaba la guitarra en una banda para sacarse unas perrillas, ahora solo rasca las cuerdas de vez en cuando en un local que tiene atestado de instrumentos, amplificadores y altavoces que él mismo construye porque, los de compra, no dan las prestaciones que él necesita, tendría que atornillarlos al suelo para que no salieran botando por toda la casa. A Fery, en la rueda del volumen, le sobran todos los números menos el diez. Para la obra, se ha hecho un equipo “portátil”. Si pusiera el volumen a tope, tendríamos que poner los azulejos con tornillos, aquello parece Ibiza Dance y dan ganas de saltar a la pista y enchufar la soldadura eléctrica para que haya flashazos de esos, y pedirse un cubata, y cobrar entrada.
Allá en su casa, en las largas noches de invierno, graba y elabora sus propias mezclas y creaciones, disfruta como un niño con sus cascos puestos mientras controla pistas y efectos. Solo faltaría una pista de baile repleta de orejas atentas a la virtuosa labor de D.J. Fery. A él no le preocupa demasiado que todo ese conocimiento que posee permanezca oculto entre esa habitación y la obra, solo para nuestro disfrute, sin que otros puedan conocerlo. Yo me alegro de que esté aquí con nosotros, aunque reconozco que el mundo habría salido ganando si Fery estuviera regalándonos a todos, su pasión por la música, desde una emisora de radio
A veces, escuchando a otros entendidos en la materia, oigo hablar de canciones viejas y nuevas, versiones, rarezas musicales casi desconocidas y me las apunto para soltárselas a Fery. A ver qué dice. Luego en la obra se lo dejo caer, con la satisfacción de saber que estoy haciendo una pregunta de categoría, difícil, muy difícil. Ni me mira. La contesta como si le hubiera preguntado cuál es su segundo apellido, como si uno naciera sabiendo esas cosas. Yo me vuelvo a mi tajo con la duda resuelta y una pequeña frustración por no haber estado a la altura, por haber hecho una pregunta que no le ha hecho ni pensar, y así llevo veinte años.

Un pensamiento en “D. J. FERY

  1. Ya se sabe que a los virtuosos es difícil sorprenderlos con nada, y menos con preguntas. Tú puedes indagar y buscar la pregunta del millón, pues bien, cuando la formules, él, como si tal cosa, te soltará medio doctorado como respuesta, porque eso que tú le acabas de preguntar con tanta dedicación resulta que “era muy fácil”, es más, o peor aún, a duras penas serás capaz de seguirle tratando de recordar toda la información que te está dando y serás tú quien acabará preguntándose ¿para qué pregunté? .
    Chambombo, mejor nos limitamos a escuchar, que además es una gran virtud ¿no crees?.

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