LA BIBLIA DE LOS LOCOS. SEGUNDA PARTE.

Yo, como ha sido mi costumbre desde que inicié este particular análisis, seguiré en esta segunda parte de “La Biblia de los locos” regalando alegremente esta ignorancia que me consume y dejaré que sean otros, mucho más instruidos, los que juzguen. Estos, los instruidos, han manejado este mundo desde tiempos inmemoriales, han decidido lo que sí y lo que no, lo que es cierto y lo que es falso, lo que se ha de hacer y lo que no se ha de hacer. A mí, lo que han hecho con el mundo en estos miles de años, me espanta. No sé que habría sido del mundo si otros más ignorantes y menos preparados hubieran tenido vela en este entierro, pero sospecho que no lo habrían hecho peor. Yo, personalmente, aprecio más los consejos y opiniones de los que esta clase culta y formada considera ignorantes sin instrucción, porque están libres de dogmas y de catecismo interesado y por eso, como parte de este colectivo de borricos, digo lo que digo. Soy un borrico desde mi más tierna infancia. Así que me llegué a la escuela, ya certificaron esta condición. No progresaba adecuadamente, no prestaba la atención que mis maestros creían merecer, no participaba del maravilloso proceso de aprendizaje planeado para mí. Tenía la cabeza en otros asuntos más interesantes, divertidos, placenteros y humanos. Hoy, aceptada esta condición, disfruto de ella y veo la vida desde una perspectiva diferente y extraña para todos aquellos que progresaron adecuadamente, prestaron atención y se creyeron la fritanga educativa de los instruidos. Veo la vida con mis gafas oscuras, muy oscuras, con cristales ahumados. Me las ha recetado el oculista, no me las quito porque, no sé si a ustedes también les pasa, o si será la edad, el caso es que cada día veo más gilipollas. Digo esto porque se sepa qué tipo de cavernícola montaraz es el autor de esto que tienes ante los ojos.
Seguiré pues con el Nuevo Testamento. No sé por qué sigue llamándose así si tiene años suficientes como para llamarle viejo.
LA BIBLIA DE LOS LOCOS. SEGUNDA PARTE.
CAPÍTULO 1º
Al lector. “Si encuentras una verdad, algo importante que decir, ni se te ocurra abrir la boca”.
Concluida la lectura trivial e ignorante del Antiguo Testamento debería de haber quedado claro y explicado para todos, los miembros del pueblo elegido y los que no lo somos, que el Señor Dios hace y deshace a su antojo, que no tiene que rendir cuentas ante nadie, que los hombres no tienen que entender las divinas razones y que esto que estás leyendo es uno más de los pecados que acostumbramos a cometer los que, a modo de relleno, poblamos la tierra sin haber sido elegidos. No es de extrañar, pues no se espera otra cosa de nosotros que el deambular desorientado entre el terror divino y la bestialidad a la que nos inclina nuestra humana condición, la mía por lo menos. Hora disfrutamos de la paz y el progreso, hora nos exterminan por ocupar un espacio reservado a los que, a los ojos de Dios, lo merecen. Yo lo prefiero así. Que nadie tenga para mí un plan, ni expectativa tan elevada, que convierta mi paso por la tierra en una sucesión de pruebas estúpidas. Que no tenga yo un glorioso paraíso sin el que poder quedarme, ni el deseo de lograrlo que me trastorne el espíritu convirtiéndome en esclavo de las reglas que lo alcanzan.
Empieza el Nuevo Testamento con los evangelios. Son cuatro. Tres sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas. Y el de Juan. Si alguien está esperando que yo explique aquí por qué estos cuatro y no otros, por qué estos nombres y categorías, se ha equivocado de libro, eso queda bien claro leyendo el cuento de los tres cerditos. Tampoco pienso explicar el por qué este Nuevo Testamento discurre paralelo y cumpliendo mansamente las profecías del Antiguo Testamento. Cada cual lo interprete según su criterio, si es que ha sido capaz de conservarlo formando parte de este rebaño amaestrado en que nos hemos convertido. Baste decir que estos cuatro evangelios son los que la iglesia católica reconoce como inspirados por Dios, y esto mismo me hace a mí dudar de ellos. El por qué otros no estaban inspirados por el Señor Dios, es algo que explican los doctores de la iglesia con argumentos y razones que ya sabemos todos a qué suenan.
Jesucristo se limitó a predicar la buena nueva al pueblo sin escribir cosa alguna, que se sepa. Nada tiene de extraño dando por sentado que es hijo, según se asegura en este libro, del mismísimo Señor Dios. Al igual que su padre lo suyo es iluminar, por medio del espíritu santo, a aquellos que han de escribir su palabra y hechos, sin dejar ni una letra propia y así, al leer el Nuevo Testamento, nos encontramos ante la misma disyuntiva que nos presentaba el Antiguo Testamento. ¿Es lo que leemos palabra de Dios y verdad? ¿O es palabra de hombre y por lo tanto atiborrada de mentiras?
Yo, después de tantas horas dedicadas a la lectura de las creaciones, maravillas y prodigios de su santo padre, no quiero asegurar nada. Sospechas tengo, pero seguro solo estoy de una cosa, “la que no hace distinción”, me ha de llegar y acabarme. A mí y a todos. Es verdad que mandar un hijo al matadero, para redimir a quienes han de matarlo, es cosa que cuadra con las divinas ocurrencias que ya conocemos y es hecho cuya comprensión no está al alcance de mi pobre condición. Porque a mí estas ocurrencias que se dan por divinas, como divinas no las entiendo. Como humanas, salidas de mente humana, iluminada además, sí. Ya las entiendo. .
Dicho esto seguiré con mi lectura ignorante y despreocupada. Y escribiendo sin otra iluminación que la bombilla acostumbrada.
Siguiendo con lo que en este libro es tradición, los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas son, básicamente, la misma cosa contada tres veces. Repetición. El de Juan también cuenta esto mismo, pero con otro aire. También es costumbre que sean contados los hechos y milagros por gente que no estuvo en ellos. Yo, que tampoco estuve allí, lo contaré una vez sola, a mi ignorante entender y manera, basándome en lo que ellos y otros escribieron y sin atreverme a suponer que lo que yo escribo ahora fuera alguna vez verdad cierta.
LOS ASCENDIENTES DE JESUS.
Lo primero: genealogía completa desde Abrahán hasta la concepción virginal de Jesús. Aunque de la concepción virginal, Marcos y Juan en su evangelio no parecen saber nada. Es cosa bien extraña que naciendo Jesucristo de mujer virgen no hagan estos escribientes ni mención. A mí me parece tanto milagro este como separar las aguas del mar Rojo, si no más. Porque las aguas son al fin y al cabo aguas, sometidas a unas leyes físicas que el Señor Dios controla a la perfección, pero las mujeres no están sometidas a ninguna ley física. Ni entonces ni ahora hay ley física que explique ni controle lo que una mujer puede hacer o no hacer según su propio criterio, ni un Dios capaz de manejar esos genios. Otra cosa me pregunto: si, según se cuenta en este relato, es José quien desciende del rey David, y la virgen María concibió por medio del espíritu santo, sin tener relaciones con José, ¿cómo se puede mantener que Jesús descienda del rey David? Cientos de expertos y estudiosos se han encargado de explicar esta curiosa cuestión con argumentos irrefutables, es decir, indemostrables, es decir, que cada uno crea lo que le venga en gana. Lo que sí está claro es que, por parte de su madre, el árbol genealógico de Jesús está llenito de mujeres de dudosa reputación. Tamar, que se hace pasar por prostituta. Rajab, que es prostituta declarada. Rut, que tuvo que meterse debajo de alguna manta y Betsabe que engendró a Salomón entre homicidio y adulterio. Esto no es cosa mía, esto lo dice el libro. Con estos antecedentes la vida de este chico ya promete. A mí me gusta.
ANUNCIO Y NACIMIENTO DE CRISTO.
Aquí el Señor Dios va a mostrar de nuevo su poder en asunto de concepciones. Un nuevo reto, pues ya no se trata de hacer concebir a una hembra estéril, cosa más que dominada a estas alturas, sino de hacer concebir a una mujer sin que nadie le toque un pelo. Y esto ya requiere, o más poder para realizarlo, o más fe para creérselo. Ya había quedado bien claro en el Antiguo Testamento que al Señor Dios estos asuntos de la concepción y fertilidad femenina le apasionan, ahora, en esta nueva entrega, asistimos a un nuevo y más ambicioso proyecto. La concepción sin contacto. Ojito, porque esta tecnología en según qué manos…
María era una joven virgen prometida a un hombre descendiente de David, llamado José. Un día, cuando María estaba quitando bolas a un jersey de lana, se le apareció un ángel que se llamaba Gabriel y le dijo:
-Oye María, si te cuento una cosa no te la crees.
María, asustada por el fogonazo que desprenden los ángeles al aparecerse, le contesto sorprendida.
-¡Ay por favor! ¿Qué me dices?
-Agárrate.- dijo Gabriel, y sacándose de la pechera una libreta de apuntes leyó –Vas a ser la madre del hijo de Dios. Vas a concebir un hijo altísimo. No, perdón, del Altísimo.
-¿Pero cómo? Dijo María. –Si yo no tengo relaciones.
A lo que el ángel Gabriel, mirándola de arriba abajo, le contestó.
– Pues, querida mía, no será porque no las merezcas. Bueno, a lo que vamos, tú queda tranquila. Eso es cosa nuestra. Ya el espíritu santo tiene instrucciones precisas.
Y allí se quedó María, pensando cómo explicarle al pobre José que un ángel del Señor había decidido arruinarles la boda.
Conviene recordar que en aquel tiempo era cosa más que común la aparición de un ángel del Señor en cualquier vereda, sendero o encrucijada, con órdenes, mensajes o promesas, según convenga a la historia y a lo que el Señor Dios tenga en proyecto. Y esto que contado hoy, en boca de una virgen, daría mucho que hablar y con los huesos de María en alguna clínica siquiátrica, no extrañó entonces a nadie.
Por si acaso, el Señor Dios mandó un ángel para que, en sueños, sin fogonazos ni sobresaltos, pusiera a José en antecedentes. José creyó, aceptó y consintió. Ni una mala palabra salió de su boca. Tengamos también en cuenta que los ángeles, en aquellos tiempos, encajaban muy mal la falta de fe en sus apariciones. Y tenían potestad, otorgada directamente por el Señor Dios, para dejarte ciego, mudo o tullido si ponías en duda sus palabras. Y esto también ayuda a creer. Sí señor.
Ahora, la época presente, estas cosas importantes te las dan por escrito y con tres copias, para que no haya falsas interpretaciones y quede constancia de qué es lo que se dijo, cómo se dijo, cuándo se dijo y quién lo dijo. Sin fogonazos ni angelotes.

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